30/6/10

Crónicas de H. (2)

H. sale del supermercado. Acaba de comprar los productos que necesita para la semana. Su andar es distraído, sus movimientos como si el entorno fuera una masa de gelatina, una placenta por la que tiene que moverse hasta llegar a su morada, su torre de marfil, su punto de aislamiento no metafórico, porque el sentimiento lo acompaña esté donde esté, sin tomar en consideración que está en una ciudad superpoblada.
Si observamos desde arriba la ciudad donde vive H., podemos ver que semeja un terrario de hormigas visto desde un costado, grandes bloques de cemento con caminitos entre medio por los que circulan incontables seres.
Los alimentos que H. compra tienen otros nombres que los que aprendió en su país natal. Él viene de uno de esos países que no tienen un nombre en toda regla, como esas creaciones literarias, llámense Utopía, Kakania, Santa María, Yoknapatawpha, o Macondo; o como esos países que por nombre tan sólo llevan la indicación de cómo llegar a ellos, caso de Austria (Österreich o Reino del Este), o República Oriental (del río) Uruguay; o incluso como uno de esos países que parecen haber adoptado el nombre de una sociedad anónima y que por eso se dan a conocer generalmente por su acrónimo, por ejemplo Estados Unidos de América.
Cuando H. lee los nombres en el supermercado, todo funciona como se supone, nunca tuvo la mala fortuna de equivocarse; y por ejemplo, darse cuenta más tarde de que compró detergente con fragancia de limón en vez de limonada; pero la relación entre las palabras y las cosas no parece ser igual, parece haber algo artificial, que se traslada a todo su entorno. De hecho, la pregunta que lo persigue ya no es quién es que decide sobre sus actos, sino si forma parte de una película, porque así es como ve todo. Cuando está solo siente que tiene la posibilidad de meditar sobre ello, aunque en realidad el tema lo intranquiliza. Pero sucede algo curioso cuando tiene conversaciones con otras personas. En algún momento de la conversación siente que una parte de él se escinde y observa la acción desde fuera de sí; sin poder llegar a identificar de modo pleno cuál es la que predomina, si la que sale o la que se queda; mientras mantiene el diálogo con total normalidad. Como si se tratara de una mala pasada, tiene que hacer un gran esfuerzo para controlar los accesos de risa que esto le produce, y que no sabe a ciencia cierta de qué. Si es porque el otro no ve su escisión, si es porque verse a sí mismo desde fuera le muestra lo ridículo de la situación, si es porque la escena vista desde otra perspectiva le parece tomada de una comedia graciosa. No lo sabe, pero se reconforta cuando es la propia situación la que propicia una sonrisa, de modo que aún a riesgo de parecer un poco forzado, se permite liberar un poco de esa risa contenida entre las costillas y que le hace cosquillas en la garganta.
En el mundo que ahora le toca vivir todo es como si se topara repentinamente con una persona que porta una máscara veneciana, pero fuera de la temporada de carnaval. Todo es claro, la máscara supone una persona detrás, mientras que el resto de los ornamentos confirma claramente de qué se trata, el sombrero de tres puntas y el largo manto que esconde el cuerpo y los miembros; aunque no el sonido de los pasos; sumados al negro lunar a un lado bajo la nariz y cerca de los labios, el polvo blanco en el rostro y un poco de colorete en los cachetes, una huella de carmín en los labios, contienen una información que podría decirse es precisa, reveladora de significado. Pero aun con todas esas señas que resultan inconfundibles hay un instante; como cuando contenemos el aire en los pulmones y todo queda en silencio; en el que puede percibirse una incongruencia. A la evidencia de las circunstancias puede verse que es una persona, pero, puede que realmente sea carnaval después de todo, y el errado o que ha olvidado las fechas sea H., y así que el disfraz tenga una razón que calza con el orden del universo, puede que sencillamente quien se esconde tras el disfraz, el personaje, acuda a una fiesta, puede que sea un loco, o alguien haciendo publicidad. Hay miles de interrogantes posibles que acosan a H., y eso es precisamente lo que lo inquieta, porque ese hombre enmascarado se manifiesta en todo lo que ve y lo que toca.
De cualquier modo si bien todo funciona correctamente, hay algo más que perturba a H. Es la idea de que en realidad esto fuera así antes, y de que simplemente hubiera nacido y crecido sin que el entorno le formulara estas cuestiones. En todo caso, haber cambiado de país puede que lo haya inducido a despertarse de un sueño, un sueño dogmático tal vez, o no, que justo sea lo contrario, que el sueño ocurra ahora y por eso sospecha de cada acto, de cada instancia que involucra el lenguaje, es decir, la realidad toda, consciente o inconsciente.
Al llegar a su casa, los dientes de la llave calzan a la perfección en la cerradura, la puerta gira tras el empujón y le permite la entrada, sube las escaleras, abre la heladera, guarda algunas cosas y toma una jarra de agua. En algún lugar leyó que hacer las compras supone perder mucho líquido, y desde entonces esa información; que en realidad era una publicidad; se instaló en él y como si de un axioma se tratara simplemente responde a un efecto condicionado, y lo primero que hace una vez de regreso es saciar su sed, real o ficticia.
H. vive solo. No siempre lo ha hecho, pero eso ahora no viene al caso. Repasa lo que hizo durante el día, piensa sobre la rutina, y sobre cómo la palabra está tan fijada a su labor diaria, porque lo que él hace no se trata más que de algo rutinario. Prende el televisor, no encuentra nada de interés, y lo apaga. Se sienta en el living, entre su biblioteca y su escritorio, mira a ambos lados, esperando que un rayo ilumine su próximo paso, el que le ayude a enfrentar las horas hasta que Orfeo lo llame. Sin demasiado ánimo, termina por recostarse en el sillón. Visto desde cierta distancia parece una de esas tristes figuras de Edward Hopper. La imagen le hace sonreír, al recordar que lo que tiene a su alcance es un vaso de agua y no uno de scotch, pues considera que en realidad esto vuelve más aguda la imagen de soledad que el artista tan bien supiera retratar.
Con la cabeza recostada su problema con las palabras reincide, y piensa si cuando dibujó en su mente la palabra rutina lo hizo en su idioma materno o en el adoptado. No está seguro de que signifiquen lo mismo. Imagina que no sabe qué sucedería si viviseccionara a ambas palabras, si con sus órganos a la vista la relación con el resto de las palabras de sus respectivos idiomas sería la misma, si la forma de entenderlas de las personas sería igual, si el dolor de sentirse esclavo de ellas tendría los mismos síntomas.
No quiere pensar más en eso, ya tiene claro lo que quiere hacer. Se acerca a la biblioteca, donde encuentra el tomo al que quiere dedicarse en las próximas horas, y que en realidad había estado evitando hasta ahora sin saber muy bien por qué.

22/6/10

Crónicas de H. (1)

H. se despierta. Con cierta dificultad se levanta y se acerca a la ventana, mueve las cortinas para descubrir que las nubes se mantienen en el cielo un día más, como si fueran parte de la propia tierra y giraran con ella, o simplemente fueran el universo inamovible para estar siempre en el mismo lugar sin prestar oídos al movimiento de rotación planetario. Se restriega los ojos como queriéndose sacar el pesado sueño a través de la operación de los nudillos, pero sólo logra remover parcialmente las fangosas lagañas. Siguiendo la rutina va al baño, come algo, y sabiendo que tiene tiempo, regresa a la cama, a aprovechar esos cinco minutos más. Recuesta la cabeza sobre la almohada, ahora colocada de modo que su cara queda de frente a la ventana. Desde su posición puede ver el cielo, o mejor dicho, una gran nube que se interpone, y las copas de los árboles.
H. vive en un país que no es aquel donde nació. Esa retina artificial a la que denominamos ventana, ahora le permite ver algo que le hace olvidar donde está, puede ser cualquier lugar, el que añore en el momento, el que responde a la realidad, el que soñó la última noche, aunque ahora sólo sea un recuerdo confuso. Le gusta jugar con la idea de estar donde se le ocurra, no como un juego imaginado pura y exclusivamente dentro de su mente, sino creyendo que ese entorno, ese pedazo de mundo exterior, puede realmente ser lo que él quiera.
Gira la cabeza y sus ojos dan con el espejo que refleja parte de la imagen de lo que viene de fuera, pero el cambio de ángulo le permite divisar los techos de algunas casas, lo que lo trae irremediablemente al único lugar que ocupa físicamente. No es un lugar del que necesite evadirse, es más el gusto por moldear la realidad a su antojo y por unos minutos, que pretender que algo es lo que no es. Como un fotógrafo que desecha un ángulo por considerarlo inadecuado, H. vuelve a enfocar sus retinas en dirección a la ventana. Afuera se escucha el canto de algunos pájaros. El trinar es indistinguible para H., le permite continuar con su representación, excepto cuando se trata de los cuervos. Pero por suerte no se escucha ninguno esta mañana.
Atado a la cama se siente como aquel escritor que comenzó a transcribir todo lo que le dictaba la memoria de su vida, independientemente de si era verdad o fábula, o tan sólo una transformación del dictado de la voluntad de su conciencia y de los caprichos de sus recuerdos. Pero H. sabe que no fue hecho para escribir, en todo caso, se siente más un personaje literario, alguien sobre quién escribir una historia, o varias.
Su día, gris. Sus pensamientos desde hace días, grises. La ropa que se pondrá en unos minutos, también gris, a excepción de los zapatos. Parece que todo cobra ese color. Pero H. se corrige, y suelta: acromático; se dice a sí mismo recordando el eco de alguna vieja clase al respecto, como si se tratara de una respuesta que debe darle a alguien; si consideramos que el gris es tan sólo una seña de debilidad, a veces del blanco, a veces del negro, según cómo se mire. La idea de sus propios pensamientos le recuerda que estos están recubiertos por la materia gris, y ve a la realidad tan sólo como una extensión de ella, como un gran cerebro que invade todo con sus tonos y sus circunloquios, y que a su vez le hacen acordar al diseño kilométrico de los intestinos apilados en el estómago. De nuevo, el mundo ideal estampado contra los objetos, en una suerte de unión asexuada donde los límites entre uno y otro no existen. La única nota que de repente lo distrae y le recuerda que tiene que levantarse y esta vez aprontarse para irse, es el verde de las copas de los árboles con su suave ondular, causado por los anuncios de un tiempo falsamente primaveral. De la película en blanco y negro que H. está proyectando, dichos árboles aparecen como una parte retocada o restaurada. Se pregunta si en algún momento comenzará la música, como en aquella versión de Metrópolis. Pero no, mientras se formula por qué es que fantaseamos con el lenguaje otorgándole colores o ausencia de ellos a nuestros sentimientos, se incorpora, se viste, se prepara el café para tomar por el camino, y recuerda que la escala de colores es percibida de modo diferente por los perros pero sin poder hacer memoria del rol que juega el gris en su percepción. La información no viene al caso y es desde todo punto irrelevante, pero como tantas relaciones establecidas de modos insondables, apresura el paso antes de preguntarse de qué madriguera habrá salido tal asociación de ideas. De lo que sí está seguro es de que su olfato no está tan desarrollado, y así, al salir por la puerta de su casa, se zambulle en otro día que comienza.

7/6/10

Siddharta repuso:

"-He tenido ideas, sí, e incluso razonamientos de vez en cuando. En alguna ocasión he creído sentir en mí como se percibe la vida en el corazón, pero tan sólo por una hora o un día. Eran muchas las ideas, y me sería difícil comunicártelas. Mira, Govinda, ésta es una de las cuestiones que he descubierto: la sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un erudito intenta comunicar, siempre suena a simpleza.
-¿Bromeas? -inquirió Govinda.
-No. Digo lo que he encontrado. El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar. Esto era lo que yo pretendía, y lo que me apartó de los profesores."

Hermann Hesse,
"Siddharta"

Sobre el Estado

"El Estado es un aparato ortopédico que la colectividad se pone a sí misma para poder subsistir."

José Ortega y Gasset,
"La Rebelión de las Masas"

La vida entre páginas

"La vida es esa dimensión infinita que no podemos abarcar, pero lo que denominamos novela es una dimensión comprimida que el autor emplaza en una cantidad determinada de páginas."

Gudbergur Berggson,
"La Magia de la Niñez"
Editorial Tusquets

30/5/10

Días palimpsestuosos

flesh covers
the bone and the
flesh searches
for more than
flesh.

there’s no chance
at all:
we are all trapped
by a singular
fate.

Alone with Everybody
Charles Bukowski

El tiempo cambiante no es razón para permanecer encerrado. Tomo un par de cosas, bajo al garage y desatranco la bicicleta. Nos vamos a algún lado, no sé muy bien a dónde. Entre medio deberé enfrentar a la gran masa que los fines de semana se da también al paseo, voy a subir al tren metropolitano y en algún punto me bajaré y comenzaré a pedalear, a la búsqueda de algún rincón verde donde pueda hojear el libro que también me acompaña.

Me calzo los auriculares, me transformo en una suerte de cámara super-8 que sólo captura imágenes. No me llegan sonidos, lo que me produce una sensación de fragilidad, pero también otra forma de apreciar el entorno, exactamente como si se tratara de una película antigua, con mi piano portátil colgando de mis orejas y acompañando con sonido la secuencia de los fotogramas que ante mí se presentan.

Can’t you see
I’m moving like a train into some foreign land
I ain’t got a ticket for this ride but I will…

Los primeros acordes comienzan a sonar en mi cabeza. Afuera todo es en alemán, los ecos que ahora resuenan en mi interior son en inglés, pero mis memorias vienen en español. Voy tripartito, empujando suavemente la bicicleta. La música me recuerda otros momentos, es como si la escuchara dos veces, en el presente, y cuando lo había hecho por vez primera. Se dispara un concierto de comparaciones. Si una imagen vale más que mil palabras, una experiencia vale más que mil imágenes. El sabor es agridulce, disfruto de la música pero despierta no sólo cierta forma de nostalgia, sino de cosas que salieron mal. Tiempo compartidos que nunca se repetirán, tiempos perdidos que se manifiestan a través del silencio, los lazos sanguíneos partidos quizá para siempre. Sin embargo la música no es la culpable y termina ejerciendo siempre una redención.

Who the winners in the play we’re playing
I don’t even think they know
Who the lovers and how much they’re paying
I don’t even think they know

Una vez instalado en el tren tomo el libro entre mis manos, me interrogo a mí mismo sobre la posibilidad de comenzar a leer durante el viaje. Si me quito los auriculares, voy a escuchar el bullicio de las familias, con los niños gritando de algarabía y con sus padres buscando sin demasiado ánimo de tratar de que sus hijos no den vuelta el vagón. Si no me los quito, la música y las letras impresas se mezclarán en mi mente. Decido comenzar a hojear, y retomar la lectura en el mismo punto cuando considere que sea el momento apropiado.

Do you know how hard I’ll try
to lose this foolish pride
can you take me as I am
can you understand me I’m changing now

Puede que el hombre, como decía el griego, sea la medida de todas las cosas. En todo caso, cuando vertido sobre sí mismo, la memoria se vuelve la medida de todas las cosas del individuo, si es que a éste aún se me permite llamarlo así. Puede ser consciente o inconsciente, no lo sé y no importa, sólo sé que sucede. Y a cada instante. Un sonido, un aroma, la forma de una nube, la tonalidad del cielo, el gesto de una persona. Para alguien que ha cambiado varias veces de hábitat, todo se torna una especie de a la búsqueda del tiempo y del espacio perdido. Todo pasa a incorporar la etiqueta de igual o de diferente, como si lo real fuera lo de antaño.

Into the brave new world
I hope I see you on the other side
Of this changing world

Mientras las páginas que vuelvo a leer; porque Hermann Broch no sólo me encandiló hace unos años, no sólo me embrujó podría también decir, sino que me obliga cada tanto a volver a sus páginas, esas procelosas páginas donde todo es poesía, literatura, filosofía; me transportan a otro estadio. ¿En cuántos lugares estoy al mismo tiempo?

Sólo en semejanzas puede comprenderse la vida, sólo la semejanza puede expresar la semejanza; la cadena de semejanzas es infinita y la única en carecer de ellas es la muerte, hacia la cual tiende esa cadena, como si fuera su último anillo, si bien ya fuera de ella…

“La muerte de Virgilio” bien podría ser el poema filosófico más largo alguna vez concebido. La pregunta acuciante del autor y trasladada a los labios del genio romano es qué legitimidad y validez tiene la poesía en tiempos de la degradación, tal vez absoluta, de valores. Nos lleva a los tiempos de Augusto, al tiempo en que un afiebrado y moribundo Virgilio está a punto de perecer. Pero la obra es concebida cuando el nacionalsocialismo se está haciendo con el poder en Alemania. A Theodor Adorno se la adjudica la frase que parafraseo, según la cual, después de Auschwitz la poesía no es posible. Desconozco cual sería la idea de Broch al respecto, pero creo que en última instancia es la única vía posible, considerando el tiempo pasado y en qué se ha convertido el mundo. En el gran tiovivo del absurdo cotidiano, sólo puede quedar la posibilidad de la palabra. La experiencia del siglo pasado no ha servido de lección alguna en los campos que deberían haberlo sido.

It’s a crazy world
for a mixed up boy and a mixed up girl

Todo se ha vuelto un gran campo de concentración, disfrazado de actividades de tiempo libre, de música ensordecedora, de barras bravas, de risotadas que tienen la sola pretensión de acallar a las voces interiores y del encuentro con uno mismo. La convivencia con el otro se ha vuelto tan sólo un medio para nuestros fines, no existe el diálogo franco y sincero, la amistad es anagrama de utilidad.

Sí, tal era el resultado: el falto de conocimiento trayéndoselo a quienes no lo quieren, el manipulador de palabras como despertador del idioma para los mudos, el olvidado del deber imponiéndolo a quienes no saben de él, el paralítico como maestro de los tambaleantes.

La proliferación de las formas en que recibimos la información hace que sea imposible no escapar a los medios de masas, a que lo popular se infiltre inmesirecordiosamente por nuestro poros. Popular no es negativo, es de pueblo tan sólo, pero aquí hay de todo. Por parecer ilustrado nadie se atreve a distinguir entre alta cultura y cultura popular. Reconocidos artistas se nutren de una curiosa mezcla entre ambas y lo hacen a las mil maravillas; pero los académicos se acercan a los medios y adoptan una actitud desenfadada, como si exprimirse el cerebro a la hora de la creación intelectual fuera un pasatiempos; cualquier idiota aparece en un programa de televisión y haga lo que haga tiene validez porque al menos se anima a ejecutar algo como comerse una hormiga frente a cámaras. Una historia bien contada ya no despierta interés, mejor disfrutar de los padecimientos (mayoritariamente inventados) de personas de carne y hueso sin nada que decir. Impera la idea de que cualquiera puede hacer cualquier cosa, se trata tan sólo de una curiosa cadena de casualidades que pone a la estrella de rock encima del escenario, podría haber sido otro, cantemos todos juntos, fusionémonos para demostrarlo.

I’m almost dead and buried
the day nearly done
but I want to keep on moving…

La voz del songwriter suena entre mis oídos, se fusiona con mis ideas. Sé que estoy desafiando a mi admirado George Steiner. Ya hace como treinta años o más hablaba de la imposibilidad de los jóvenes para leer sin escuchar música. Ya hace similar cantidad de años hablaba de una de los aspectos negativos de la masificación de la literatura a través del libro de bolsillo y en tapa blanda. El libro, en cierto momento, dejó de ser el centro de nuestra atención, un objeto pesado, de gran tamaño y con tapas duras, al que teníamos que dedicarnos en exclusividad, para pasar a ser algo que nos acompaña en el ómnibus o el metro, en la cama durante los minutos previos a caer rendidos al final del día, cuando las letras se mezclan y ya no recordaremos nada al otro día, en la pausa para comer en el trabajo. La desacralización de la lectura, que tiene como contrapartida también el acceso a muchos más ojos, bien es cierto y afortunadamente, incluidos los míos. Me doy cuenta de que la letra y la música no son figuras distinguibles, el cómo canta que cierra el triángulo es esencial, líneas que quizá de otro modo no me dirían mucho, salidas de los labios de Richard Ashcroft cobran vida, multiplican su significado, llenan todo de contenido. Este punto es esencial, si pienso en Leonard Cohen por ejemplo, cuya talla poética es indiscutible, y por ello precisamente sus letras pueden leerse tranquilamente como poemas. Escucharlo sin dudas cambia nuestra percepción, pero quizá del mismo modo que si leemos una obra de Chejov y luego asistimos a una representación de la misma. A Ashcroft hay que escucharlo.

Baby, you’re my sweet saviour
you’re the one adventure
you’re my one and only gift
I’ve got from above
from above

…pero el más perjuro y mortal es aquel cuyo pie ha perdido el hábito de la tierra y ya sólo toca el empedrado, el hombre que ya ni labra el campo ni lo siembra, para quien ya nada se cumple según el círculo de los astros, para quien la selva ya no canta ni los verdes campos; verdaderamente nadie ni nada es tan mortal como la plebe de la gran ciudad, que se afana, se arrastra y hormiguea a través de las calles, y de tanto culebrear ha olvidado cómo se anda, ya sin el apoyo de ninguna ley y sin llevarla en sí, rebaño de nuevo disperso, perdida su sabiduría de un tiempo, rebelde al conocimiento, bestial, casi infrabestialmente entregado a cualquier acaso y finalmente a la extinción del acaso sin recuerdo, sin esperanza, sin inmortalidad…

Retomando la pregunta de Broch, ¿es en el mundo de hoy legítima la creación artística, literaria en particular? Y, ¿cómo reconocerla dentro de todo el hato de información que recibimos? Existen mil formas, mil historias de cómo una obra ha cobrado vigencia a lo largo de la tradición. Hoy escucho y leo al mismo tiempo a dos representantes de lo que se conoce como alta cultura -el propio Steiner se ha referido a la obra de Broch como la probablemente más importante creación literaria del pasado siglo- y como cultura popular -para muchos en el ambiente del rock Richard Ashcroft es como un dios- y ambos me dan algo que no es equidistante, ambos me ayudan a enfrentar mi camino. Frente al golpe de lo inmediato que nos sacude, el humor de Borges se torna serio en definitiva, él que jugaba a decir que no leía libros que tuvieran menos de cincuenta años. Si de cualquier modo nos vamos a morir, ¿hay algo de lo que hagamos que en definitiva no sea matar el tiempo (como reza de forma similar la autobiografía del filósofo Paul Feyerabend)?

… en el alma de cada hombre está hundida una obra que es más grande que él mismo, más grande que su alma, y sólo aquel que se alcanza a sí mismo, alcanza también en esa última disposición a la muerte, también su propia obra, sólo él vela, vigilando sobre el sueño mortal…

El arte genuino rompe los confines, los atraviesa y va por nuevos, hasta entonces desconocidos, ámbitos del alma, de la vista, de la expresión, penetra en lo originario, en lo inmediato, en lo real…

Doy con una estación en la que se me ocurre descender. Quiero pedalear un poco, ejercitar las piernas, dejar a un lado a las familias gritonas, mezclarme con los árboles en algún carril bici no muy transitado dejando a un lado libro y disco, dejar que el movimiento repetido del pedalear que se ejecuta de memoria se convierta en una suerte de canción de cuna que me transporte a mi soledad, que me permita dialogar un poco conmigo mismo.

Come on now train
you’re gonna take me away from my rotten shame
learn how to love
I’ve gotta learn how to live
I’ve gotta learn how to give

Las nubes muestran formas que van de un gris claro en la parte iluminada por el sol, a un gris francamente intimidante del lado que mira a la ciudad, así que tras pocos minutos me decanto por ir en busca de un café que no esté hiperpoblado, que no proyecte alguno de los miles de deportes posibles a través de una pantalla de tv, que cada espacio no sea atacado por alguna tonada del momento, que tenga ventana para que pueda estar refugiado sin olvidar el mundo exterior, que no cierre temprano para que pueda simplemente estar sin pensar en qué momento debo reunir mis cosas y lanzarme a la calle bajo una cada vez más segura tormenta.

Sí, ahora estaba todo sosegado, en un creciente sosiego que casi crecía más allá de sí mismo, promesa de un futuro caminar por bosques en flor a la sombra del laurel, en la tierra prometida de lo no nacido… en lo nonato que anhela el caminante, cuyo inalcanzable secreto persigue en su interior, búsqueda que ya debería abandonar, porque se le daría en un sosegado fluir, de modo que se liberaría del tormento de la búsqueda, libre del ser, libre del nombre, libre de los sufrimientos, libre de la sangre, libre del aliento ¡él, un caminante en lo olvidado y en la pureza del olvido!

Soy hijo del siglo XX, no hay remedio. Hace muchos años (muchos años dentro de lo que es mi vida) viajé por vez primera a Europa. Provengo de un país prácticamente despoblado, y ese primer viaje me mostró de modo irreversible que no soy más que una ficha más entre otras incontables, innumerables pero puestas de manifiesto de una vez, puestas allí delante mío como en un experimento. En cada ciudad millones de personas, las que viven en cada una de ellas más las que las visitan. La posible relevancia individual se volvió algo sencillamente risible, los sueños y anhelos definitivamente relativos.

Extraño seguía siendo el lenguaje que allí se hablaba, el idioma de un pueblo extranjero en el que se es huésped, un idioma que apenas se comprende aún, mientras que el propio ya ha sido olvidado o no ha sido aprendido todavía…

Me toca vivir en el siglo XXI pero arrastro todavía conmigo el anterior. No puedo hilvanar las tragedias anteriores con las presentes, mezcladas con los discursos presuntamente positivos sobre el ser humano. Recuerdo textual un pasaje de Milan Kundera en su novela La Broma: “… la mayoría de la gente se engaña mediante una doble creencia errónea: cree en el eterno recuerdo (de la gente, de las cosas, de los actos, de las naciones) y en la posibilidad de reparación (de los actos, de los errores, de los pecados, de las injusticias). Ambas creencias son falsas. La realidad es precisamente al contrario: todo será olvidado y nada será reparado. El papel de la reparación (de la venganza y del perdón) lo lleva a cabo el olvido. Nadie reparará las injusticias que se cometieron, pero todas las injusticias serán olvidadas.”

¡oh, la angustia del universo ante la asfixia! Oh, ¿no había existido siempre?, ¿había estado él alguna vez verdaderamente libre de ella? ¿No había sido siempre un mero vano defenderse contra el asalto del horror?

Gusta de decirse también que los uruguayos descendemos de los barcos. Es en gran parte verdad. Nacer en algún lugar es mera casualidad, por eso no entiendo los puntos de vista nacionalistas. Por el siglo XIX Schopenhauer criticaba el patriotismo por considerarlo algo así como una estupidez, pues ¿cómo podía ser un sentimiento algo serio y profundo cuando se comparte con millones de personas? Hoy vivo en Europa, en el por ahora llamado, más que probablemente de un modo prematuro, siglo de las migraciones.

I lit my fire blew my conch
nobody comes
I built my boat from bamboo
but it sank
I looked at the sky for vapour trails
nobody comes
I wrote your name on a tree
along with the days this is taking you away from me

Recuerdo las primeras líneas de la épica homérica que comienzan con el famoso: “Canta, oh, diosa, la cólera del pelida Aquiles…“ y pienso si incluso desde antes no ha sido en realidad siempre así, un viaje, una migración continua, en cierto modo ¿dónde reside en definitiva la diferencia entre ir a Delhi o casarse con la doncella del pueblo vecino? Ya la comunicación es entrar en territorio extranjero. Más radicalmente, pensar lo es, si lo vemos como un acto de desdoblamiento de uno mismo, como una traducción de lo que Gadamer llama el verbo interior, esa instancia en la que sabemos que cuando ponemos algo en palabras, muy en el fondo, somos conscientes de una frase que nos persigue con cada letra a la que damos forma: en realidad no era eso lo que quería decir.

… oh música del interior y del exterior! Hundida en nosotros, nos ha quedado como un saber de antaño, hundida en nosotros nos ha elevado a su mayor ser, y nosotros, hundidos en ella, más grande que nosotros mismos, la hallamos más allá del azar; ¡oh música del interior y del exterior!, sólo lo que está oculto en nuestro yo es más grande que nosotros, es inmortal para nosotros y libre del azar, en armonía con la voz de las esferas, pero lo que no llevamos en nosotros, es para nosotros azar y azar permanece, es mortal para nosotros, ya nunca será más grande que nosotros, ya nunca nos encerrará…


Nos dejamos vencer por nuestra imposibilidad de poner en palabras algo que está en nosotros antes de las palabras. Nos acostumbramos, como nos acostumbramos a todo, y en la medida que dejamos que el olvido nos domine, nos convertimos en presas más fáciles para quienes nos quieren hacer creer que las cosas son de determinado modo. El miedo al otro comienza por el miedo a uno mismo.

… el hombre, esta obra maravillosa y horrible, compuesta de ser anatómico, de lenguaje, de expresión, de conocimiento y no-conocimiento, de sordo vegetar, de contabilidad de sestercios, de deseos, de enigmas, este ser total dividido en órganos, en zonas vitales, en sustancias, en átomos, multiplicado y vuelto a multiplicar, toda esa multiplicidad del ser, todo este caos de partes del hombre, apenas compuesto correctamente, esta espesura de una creación a medias y sin acabar, nacida del celo del acaso y abriendo su abanico una y otra vez apareados en siempre renovado celo del ocaso, promiscuo, jodido, entretejido, ramificado, ramificándose y renovándose una y otra vez, para a la vez extinguirse incesantemente… caos humano del azar, tan casual que apenas sabemos si quien casualmente emerge ante nosotros como viviente, no habría muerto ya en otro tiempo, o ni ha nacido tal vez, en condición de pre-muerto, de nonato…

Everybody‘s gotta feel the weight of death sometime
and find what it is like to be left behind
sometimes yo don‘t get a chance to ask where or why
so let it break the magic beauty of your fragile mind

Ya no sé que hora es, la luz del sol ha desaparecido y se ha transformado en la luz que ilumina cada mesa del café, afuera el cielo es una masa oscura donde no se distinguen nubes ni peligro alguno, más allá del de la propia oscuridad. Pienso que es hora de retornar a casa, de hacer el camino inverso, de repetir lo hecho, volver a colocarme los auriculares en las orejas mientras las disquisiciones de Virgilio se me presentan como dichas por alguien en el periódico del lunes.

Y es que el amar comienza en la respiración y con la respiración crece hasta lo inmortal.

***************
Con textos de:
Alone with Everybody, Richard Ashcroft.
La muerte de Virgilio, Hermann Broch.

De la cosa a la angustia

Lanzado ciegamente a la conquista del mundo externo, preocupado por el solo manejo de las cosas, el hombre terminó por cosificarse él mismo, cayendo al mundo bruto en que rige el ciego determinismo. Empujado por los objetos, títere de la misma circunstancia que había contribuido a crear, el hombre dejó de ser libre, y se volvió tan anónimo e impersonal como sus instrumentos. Ya no vive en el tiempo original del ser sino en el tiempo de sus propios relojes. Es la caída del ser en el mundo, es la exteriorización y la banalización de su existencia. Ha ganado el mundo pero se ha perdido a sí mismo.
Hasta que la angustia lo despierta a un universo de pesadilla. Tambaleante y ansioso busca nuevamente el camino de sí mismo, en medio de las tinieblas. Algo le susurra que a pesar de todo es libre o puede serlo, que de cualquier modo él no es equiparable a un engranaje. Y hasta el hecho de descubrirse mortal, la angustiosa convicción de comprender su finitud también de algún modo es reconfortante, porque al fin de cuentas le prueba que es algo distinto a aquel engranaje indiferente y neutro: le demuestra que es un ser humano. Nada más pero nada menos que un hombre.

Ernesto Sabato
"El escritor y sus fantasmas"

Pues nada sabían...

Pues nada sabían de aquella fuerza motriz de la historia, mucho más profunda y auténtica: el impulso humano a fundirse en una especie animal superior, la masa, y a perderse tan irremisiblemente en ella como si nunca hubiera existido un hombre aislado. Porque además eran educados, y la educación es un arma defensiva del individuo contra la masa que lleva dentro.

Elías Canetti
"Auto de Fe"

22/4/10

A modo de testamento


Para Paula


Society
Crazy indeed
Hope you’re not lonely
Without me
-Eddie Vedder

Deambulo, digo más, divago por los meandros oscuros de mi ser. El lenguaje me abandona y lo veo zarpar entre la bruma de una noche londinense de fines del siglo XIX. No sé qué vientos soplarán, no para él, que tiene vida propia, sino para mí, que me voy a quedar afásico, sin pensamientos, sin sueños, pero quizá feliz.
Al tiempo que se levan las anclas de livianas letras desde el fondo de las pesadas y fangosas aguas del Támesis de mi vocabulario, veo pasar las horas. Soy un espectador de mi propia vida, y las veo desfilar sin que ellas siquiera se percaten de que existo. Atrás, como si de una familia de patos se tratara, veo pasar a los minutos, a los segundos, a los…
No importa, puedo vivir sin mi lenguaje, sin el tiempo. Es posible imaginarlo. En contra de lo que pensaba Freud puedo pensar mi propia muerte. Ya no voy a ser el animal social ni político, voy a ser tan únicamente el animal. Kaspar Hauser, ni más ni menos, al revés. Voy a abandonar esta gran casa de la mentira. Otra víctima del hablar y del escribir. Otro dado que se les escapó a los dioses. Ya mi suerte está echada, pero no hay ningún Rubicón por cruzar, si acaso tan sólo el Estigia.
Sobre el final de esta vida, una entre las tantas que me toca vivir al mismo tiempo, te produzco sensaciones encontradas. Busco, sí, tu placer, pero las consecuencias de esa búsqueda siempre muestran también tu dolor. Tus lágrimas son también fuente de extraño regocijo. Tu angustia me devuelve al paraíso perdido. Y tu alegría, si algo así existe, es no más que un estigma grabado a fuego que oficia de mojón para señalar los miles de kilómetros que la separan de los bajos fondos de tu desesperación y de tu resignación.
Es mi despedida. A dientes apretados, ojos abiertos, nudillos crispados, sudor incómodo. Nunca fui el que era, siempre fui una ficha más de un tablero de un juego al que nunca supe jugar, y las manos que me movían siempre fueron diferentes. Dicen que el que ríe último ríe mejor, pero yo no sé qué cosa sea la risa. Sí, me he reído y te he visto reír, pero da igual. Tampoco tengo ya mucho interés.
Pasan las cosas y me doy cuenta de que no las necesito. Todo es un sueño constante que amenaza con ser pesadilla, tal como los nubarrones que trae el viento de la costa anuncian el viento y la lluvia y la incertidumbre. Mentira. Todo es una pesadilla que promete ser un sueño, tal como el sol juega a meter sus brazos entre las nubes y acaricia nuestros ojos. Yo me lo creí, y ahora no tengo refugio, la tramposa tempestad juega a placer conmigo y revienta mi rostro contra los médanos inclementes.
Conozco tu sufrimiento, del mismo modo que el maestro conoce lo que aprende el alumno. Yo lo viví, y ahora te lo enseño. No me encontré, y no lo vas a hacer. Ni siquiera vas a ver el faro que te alerte de las rocas. Sólo busco que sepas que siempre fuiste Robinson, en realidad en absoluto me necesitabas. Como a cada cosa que se le echa luz, esto es un tropo. ¿Cuántos años necesitaste para descubrirlo? Leer y leer, aprender de la vida, y zas. Un vientito te deja aferrada a un pedazo de madera en medio del océano. En dicho océano habitan los tiburones, y en cada parte de la nave que sobrevive la convivencia es con las ratas. Infinitos cuartos número 101. Todo es dentelladas.
Las voces también me abandonan. Primero todo eran voces, parecían diferentes idiomas, pero no, era uno. Eran sí muchas personas. Después éstas se multiplicaron junto con los idiomas. Yo nunca aspiré a ninguna Babel, me tocó por lo contrario, yo lo único que hacía era sumergirme, al extremo de ser también esto leído como una afrenta. Ni siquiera pensé que podría haber disparado alguna flecha. Las únicas que se me escaparon, y yo sin saberlo, fue cuando tensé mi lengua y produje algunas palabras que se clavaron en tu piel. Nunca supe medir la intensidad, nunca supe medir el caudal de sangre que se transformó en hemorragia.
Las heridas que pueda producirte, sólo quiero que sepas que son inconscientes. Tan sólo ocurre que estoy equipado con herramientas que lo desvirtúan todo. Los dos somos víctimas. Mi propio dolor sólo puede ser representado como una edificio a escala, pues está situado más allá de todo límite razonable. No hay escapatoria, el silencio no sirve. Es nada más que la contracara de la moneda. Otro pobre subterfugio sobrevalorado, pues no hay iluminación. Como mirar al sol directamente es la forma más rápida de quedarse sumido en las más profunda oscuridad. Y mientras tanto, como a lo largo de la historia, la serpiente relame su lengua venenosa.
Was fehlt Ihnen? What do you miss? Qu'est-ce qui vous manque? ¿Qué echa en falta? – Die Heimat. Y no tengo traducción. Puedo tal vez jugar y hacer como que, como cuando alguien habla y no le prestamos atención o no entendemos lo que dice, pero sonreímos y asentimos levemente dando muestra de nuestro falso consentimiento y empatía. Home or my fatherland, ma maison ou mon pays, mi hogar o mi patria… no lo sé, puede ser otra cosa. Sí sé que sólo en mí mismo puedo encontrar una posible traducción, aunque desde luego no es un lugar geográfico, es una utopía.
Todo se aleja y me abandona. Ya me ciega la bruma del olvido. No es un problema, el tiempo de las tragedias ya ha visto su hora. Puedo aún vivir. Sin palabras, sin tiempo, sin objetos, y sin saber que hay un lugar al que pertenezco. Sólo resta una cosa. En el momento de mi agonía, por favor, no me abandones. Cuando el lenguaje se extinga, cuando ya no quede ni una moribunda palabra, quiero que al menos algo permanezca: el significado. Aún fuera de todo sistema de signos y de símbolos, más allá del engaño y de la trampa, la única capaz de darlo, la única que puede dármelo, sos vos.