30/8/10

Crónicas de H. (5)

De repente le viene el nombre de V. a la cabeza, y como por artes mágicos H. se ve trasladado a otra ciudad, a otro tiempo. Su ciudad, su infancia. O no, no tanto, ¿su adolescencia, su primera juventud? El recuerdo se presenta un poco confuso, pero luego de unos rápidos cálculos y comparaciones con otros sucesos, todo queda en su lugar. V. pertenece al final de la infancia y principio de la adolescencia de H. Dónde está ese punto, bueno, eso es más difícil de determinar, puedo decir que para H. está más o menos entre los doce y los catorce años, época por la cual de a poco iba trocando su interés por los juguetes infantiles y procuraba ocultar las erecciones que lo atacaban sorpresivamente una y otra vez, ejerciendo un interesante contraste entre su propia vergüenza y la desvergüenza de esa parte de su cuerpo que comenzaba a conocer la anarquía de las hormonas, y que no respetaban situación ni uso ni costumbre alguno.
H. caminaba a la salida de su trabajo, como tantos días pero como pocas veces por ese pasaje, cuando dio con una peluquería que le hizo pensar que necesitaba recortar un poco su pelo. Inmediatamente le vino a la mente la primera vez que pisó una peluquería en un país extranjero. Esa vez primera descubrió todas las dificultades que puede suponer pedir un corte de pelo de acuerdo a su gusto; es decir, así y así; en un idioma que no es el propio. Años de estudio, lograr entender a dos o tres personas respetables en dicho idioma, para terminar no pudiendo entenderse fluidamente con el panadero, con el verdulero, o como aquella vez, con el peluquero, y haciendo así y así pero con las manos, imposible encontrar las palabras justas, no sea cosa de terminar trasquilado, y de ese modo, como en una película de cine mudo, H. señalaba con su índice ora el largo deseado, ora la posición de la raya, ora las orejas, y se delineaba una imaginaria silueta que correspondía a la patilla, todo ello entre las palabras que sí estaba seguro que podía utilizar y que no le depararían sorpresas desagradables. La lección terminó siendo esa vez que en realidad también en su idioma materno H. apelaba al lenguaje corporal, que el porcentaje que éste ocupa en la comunicación diaria es mucho más importante que el que a primera vista le adjudicaba. Lo segundo que le vino a la mente fue la ya mencionada V. Su figura lo asaltó luego de que como cada vez H. hiciera una suerte de inspección previa del local, mirando a través de una de las dos vitrinas, esperando a ver si todo coincidía con la visión del mundo que él tiene y de acuerdo con la cual una peluquería tiene que tener ciertas características. Como si buscara la lista de precios, sus ojos pasan por los peluqueros para ver su aspecto, pues no todos le gustan, por ejemplo, los muy jóvenes con los pelos pintados de colores y cortes que no existían cuando él moldeó su idea sobre cómo debe lucir su pelo, o los muy mayores con aspecto de querer tener un cigarrillo entre los labios mientras hablan sin parar al son de los tijeretazos que se mueven en una y otra dirección mientras las cenizas se desprenden y buscan levemente el suelo. También echa un vistazo a la decoración del lugar, no quiere que sean demasiado modernos ni demasiado clásicos, que los muebles no parezcan de usar y tirar porque así pueden ser también los instrumentos que utilice el peluquero, pero sí que parezca que tienen cierto tiempo instalados, como señal de que la peluquería lleva tiempo funcionando y así acreditar un mínimo de calidad. Por último mira a los clientes, esperando detectar que tienen un mínimo de gusto, y así, observa sus gestos y movimientos, intenta reconocer posibles tics, y busca en sus muñecas y otras zonas los accesorios donde pueda identificar su nivel económico al tiempo de saber si lo que el corte de pelo pueda demandar, él, H., está dispuesto a desembolsarlo, porque en definitiva se trata de algo que tendrá que repetir en un máximo de dos meses. Toda esa operación, pulida y perfeccionada con los años para realizarla en pocos segundos por miedo de aparentar ser un fisgón, algo que de cualquier modo es, lo pone esta vez delante del perfil de una chica que lo conduce irremediablemente a V. y a la época nombrada. Esta vez el procedimiento sufre una modificación inesperada, y olvidando todos los detalles que entran en juego a la hora de decidir si entra en una peluquería o no, sus ojos quedan absortos en el contorno que la parte derecha de ese rostro juvenil que tiene delante le ofrece y le impide prestar atención a otra cosa. Cuando se percata de ello y de que lo que tiene frente a sí del otro lado del vidrio a unos metros de distancia no es V. sino una chica que es una adolescente en el presente inmediato, piensa que su madurez puede dejarlo mal parado frente a ojos de terceros de esos que tienden a ver depravados en cada esquina. Luchando contra tanta actividad mental H. deja que simplemente sea su cuerpo el que tome una decisión. Cuando se percata está ya dentro del local buscando un asiento en el cual dedicarse a esperar su turno. La peluquera dirige brevemente su mirada hacia él y le dedica una sonrisa, tras lo cual le indica cuál es el tiempo aproximado de espera que tiene por delante. H. asiente devolviéndole la sonrisa y mira a su alrededor, sobre la mesa que tiene delante proliferan esas revistas de las que conoce su existencia por verlas saltando de los escaparates de los quioscos y que siempre ostentan en portada una chica bonita con mucho maquillaje entre titulares que apuntan a la moda o a la sexualidad o a las dos cosas. Toma una sin prestar atención cuál, con el contexto como cómplice, igual que en la sala de espera para la consulta médica, sabe que cualquier lectura está permitida.
Después de un par de minutos procurando comportarse como un cliente normal, H. se decide a dirigir nuevamente sus ojos hacia la chica a la que le están cortando el pelo. Ahora, luego de haber cambiado de perspectiva, puede ver su rostro reflejado en el espejo, y que esa imagen sigue coincidiendo con la imagen que tiene de V., excepto por algún que otro detalle. Tras unos instantes sus ojos mantienen la mirada pero ya no ven a la chica ni a su imagen, sino que se pierden en las memorias que ponen a V. delante de él en diferentes situaciones. Mientras se sucede una y otra imagen, comienza en la cabeza de H. una metralla de preguntas ¿qué será de su vida? ¿Dónde estará ahora? ¿Estará viva y tendrá familia? ¿Será feliz? Entre el punto actual de su vida y el momento al que se ve retrotraído intenta buscar cuántos años tuvieron en común, y eso lo conduce a la pregunta ¿cuándo fue la última vez que nos vimos? En esa dialéctica de pregunta y pregunta, pues no tiene respuestas totalmente claras, llega a una nueva cuestión, ¿por qué estoy pensando en V.? Porque no es que en realidad haya pasado algo especial entre ellos. Compartieron estudios, alguna que otra actividad derivada de ellos, sí, pero ninguno tuvo un rol significativo en la vida del otro. Luego ¿pero verdaderamente la chica que tengo delante se parece a la V. que conocí, o simplemente se parece a la V. que mi memoria conserva, o se trata en realidad tan sólo de un error por el que cierta forma de nostalgia lleva a mis sentidos a inscribir formas conocidas en rostros desconocidos? H. no lo sabe, pero vuelve sus ojos a la revista que tiene entre sus manos, porque sí tiene claro que es tan sospechoso un adulto que fija su atención en demasía sobre una adolescente, como uno que deja ver que piensa sin más, sin necesidad de depositar sus ojos para dedicarse al menos a un pasatiempo tan digno de olvido.
Los minutos que en una espera habitualmente parecen horas, se convierten en segundos en los que la memoria de V. oficia de disparador. H. ha vivido en diferentes lugares, así lo quiso su destino o un conjunto de decisiones en las que H. tuvo un mayor o menor grado de participación, o como suele suceder, ninguno, y de las que ni siquiera tuvo conocimiento al respecto. Digamos que los lugares dignos de ser contados como que vivió son cuatro, su ciudad natal, dos más, y la actual ciudad. Tres países. El resto pueden considerarse cortas estadías o simplemente vacaciones. La forma de dividir estos momentos de su vida no es matemática, no responde particularmente al tiempo de duración de cada uno, ni tampoco a una arbitraria valoración sobre la posible huella que estos lugares hayan podido dejar en su alma, que todo lo suma y lo archiva como si de un álbum de fotografías se tratara. No, puedo decir que H. ha decidido que su vida puede decirse hasta el momento como transcurrida en cuatro sitios diferentes apelando a ciertas pautas literarias.
Siguiendo a Mario Benedetti; que en algún lugar decía que una narración tiene una estructura externa, o podemos decir formal (los capítulos, las secciones, las partes, etc.) y una estructura interna que puede dividirse en planteamiento, nudo, y desenlace; puedo decir que H. está singularmente atado a los nudos y que siente por ello obsesión por los desenlaces. El nudo pone de manifiesto el desarrollo a la vez de ser el nexo entre el inicio y el final de una historia, pero H. ve también el nudo como algo inextricable, como si un marinero le entregara uno imposible de resolver o como una espina que queda atascada en su garganta. El desenlace, no otra cosa que la resolución de la historia, se le escapa, ese momento donde de alguna manera u otra se resuelve el argumento que pueda existir o lo que le dé un sentido al mismo, ese momento en que o la espina termina de perforar el conducto de la garganta o las palmadas en la espalda logran expulsarla. H. ve su vida como una serie de nudos sin desenlace, como una seria de historias sin resolución.
Esta idea lo atacó la segunda vez que cambió de ciudad. En ese momento cobró conciencia de que su vida se desdoblaba, de que por un lado estaba el H. que comenzaba a vivir en una nueva ciudad, mientras el viejo H. permanecía en la ciudad que lo veía partir, es decir, que había a partir de ese momento más de un H. Por un lado estaba la infranqueable linealidad de su propia vida, una línea que puede trazarse más o menos recta desde su nacimiento hasta su futura muerte, pero por otro lado comenzaban nuevos puntos cero, nuevos alfa, que perfilaban el trazo de nuevas líneas en diferentes planos, cada uno de ellos sin contacto alguno con su vida anterior, como segmentos que no lo unían ni a su propia vida ni a la vida de otros. Cuando comparaba su vida con la de las personas que conocía; amigos o familiares, da igual; que continuaban con sus vidas en el mismo lugar, podía apreciar; a veces con cierta envidia, otras con desinterés, e incluso también a veces con desdén; que sus vidas respondían a cierto modelo de línea única, donde era posible unir por los puntos nacer, crecer, aprender, estudiar, tener novio o novia, trabajar, casarse, tener o no tener hijos o hijas, adquirir auto o no, tal vez casa propia, divorciarse, retirarse del trabajo, enviudar y morir o morir antes de enviudar. Al mismo tiempo H. viajaba, se sometía a las leyes del movimiento, donde empezar de cero en un nuevo lugar significa exactamente eso, como volver a nacer, donde el proceso de crecer, aprender, estudiar y conocer gente se repite incansablemente. El insumo de tiempo y energía que esto supone puede parecer sobrehumano, incluso para H. que debido a que sus nuevas locaciones han estado siempre conectadas a su trabajo, y de ese modo siempre se ha visto su vida material solucionada de antemano, sin tener que preocuparse más que de encontrar un apartamento de su agrado, el resto tan sólo se ha tratado de acomodarse y acostumbrarse a su nueva oficina, al diseño del edificio, al nuevo personal con el que le toca en suerte interactuar, a la forma en que la luz del sol ingresa por la ventana de su habitación, y no mucho más. Pero de cualquier modo hay algo que siempre le hace sentir a H. que vuelve a convertirse en una especia de bebé, al que por tamaño y años no se le permite berrear o patalear en caso de padecer hambre o molestia de algún tipo. Porque hasta el aire que entra y sale de sus pulmones es diferente, es decir, todo, una especie de síndrome de cambio de horario perpetuo. Una nueva dimensión. Cuatro, vuelve a repasar H.
Frente de sí la cabeza de la chica con su montón de placas de papel aluminio para hacer claritos parece ahora una azotea con paneles solares. La peluquera la deja entonces para que la tinta haga su trabajo, y mientras, comienza a atender a otra mujer que se encontraba esperando anteriormente. H. mira su reloj. Tiene tiempo. Se distrae mirando hacia afuera, en el cielo puede distinguir algunas nubes. Vuelve la vista hacia el interior de la peluquería. La nueva mujer a la que le están cortando el pelo parece ser una clienta habitual, de esas que se mueven como si estuvieran en su propia casa, que tutea a la peluquera mientras no para de contar su vida incluidos algunos detalles que podrían juzgarse tal vez de íntimos o indiscretos. Su interlocutora, fiel a una tácita tradición de los peluqueros y los bartenders, se atiene a hacer signos afirmativos mientras intercala preguntas sobre lo que la mujer desea, y como buena peluquera escucha sin valorar las palabras de quien le habla, cada tanto haciendo también alguna pregunta como para demostrar interés y avivar así las historias de sus clientes, algo que a ojos vista da placer a la mujer que se siente halagada por despertar interés con la información de su vida privada. Es sabido que las personas, aún cuando desacrediten al psicoanálisis, hacen de cualquier lugar su diván para echar fuera un par de cosas como si fuera lo más normal del mundo y luego así sentirse mejor, para el caso más aún, con renovada apariencia.
H. baja la vista y pasa unas páginas. Leer supone eso, pasar páginas de cuando en cuando. Antes de enfrascarse nuevamente en sus ideas echa una mirada a la adolescente, que masca chicle mientras se mira en el espejo como si únicamente existieran tres cosas en el universo: su cara, el espejo, y los paneles solares. Los papeles que cubren parcialmente sus cabellos le interesan por sobre todo porque de ellos dependerá su destino más próximo, pues esconden bajo de sí el secreto de su apariencia para los próximos días, tal vez semanas. Algo de vida o muerte entre sus pares, pues si el resultado es positivo, significará puntos, aceptación en el grupo, caso contrario, significará exponerse a las típicas burlas y torturas verbales de las que es capaz un adolescente.
En eso se ha transformado la vida de H., cuatro dimensiones por las cuales ahora transita. Porque cada nuevo sitio en el que le ha tocado vivir ha significado la construcción de un nuevo universo, un universo personal se entiende, pues cada vez que ha vuelto a nacer, el entorno ya estaba ahí con anterioridad, con su reglas y costumbres, y con sus formas de decir sí y de decir no. Pero los cuatro momentos, pues debemos incluir el actual, responden tan sólo a lo que para H. pueden ser vistos como tres posibles desenlaces. Para él esto quiere decir que él ha tomado alguna decisión sobre su propia vida, que existe algo que le permite explicar porque hoy está donde está, que existe un conjunto de razones que lo han depositado hoy en esa peluquería. El resto no cuentan, constituyen nudos que se esconden bajo la alfombra donde se acumulan las decisiones no tomadas. El problema en todo caso es que H. es uno solo, y que esas cuatro dimensiones coexisten en él, todo unido por la línea directriz. Hace un rato comenzó pensando en V. y en diferentes experiencias compartidas con ella, pero si piensa en otros momentos y en otros lugares y personas, por un lado la memoria se deja dibujar y se deja metamorfosear en aguafuertes, en tintas chinas, en polaroids, en fotocopias más o menos fieles de una realidad que alguna vez existió y que ahora sólo permanecen dentro de H. Pero por otro lado precisamente piensa él, qué pasa con todo ese conjunto de imágenes que vuelven a él pero que también están fuera de él, es decir, fuera de él, si es que alguien más las posee, si quedan en alguna suerte de registro por el que V., pongamos por caso, en algún momento recuerda algo de lo que H. está recordando ahora, si él es parte de la memoria de ella, o si tan sólo ha desaparecido como si nunca hubiera existido. Tras haber cambiado de lugar en más de una ocasión, tras haber interrumpido la comunicación con otras personas en sendas oportunidades y haber cortado así el hilo de Ariadna que lo une a ellas, esto tiene un papel importante. Porque al tener historias por acá y por allá donde las cosas se quedan a medio camino, con la mejor de las suertes atascadas en el nudo, la vida de H. parece destinada al olvido. Lejos de su familia y de quienes le conocen, ese grupo de potenciales supervivientes que se supone algún día asistirían a su funeral, y rodeado de un infinito número de desconocidos entre los cuales de cuando en cuando comparte un café o una copa, nadie, absolutamente nadie, sabe de él. H. toma conciencia del ser anónimo de su persona. Como Ulises pero sin cíclopes ni Polifemos que griten su nombre ni grandes aventuras para contar, H. se vuelve precisamente eso, nadie.
Pero ¿cuáles son realmente esos desenlaces que le permiten dividir su vida en cuatro momentos? Y, ¿pueden ser llamados así? ¿Qué es lo que convierte a un desenlace en tal? Si H. mira hacia atrás puede apuntar el haber querido tener en su juventud una experiencia allende fronteras, eso que justamente la gente da en llamar comenzar una nueva vida. Más tarde decidirse por otra ciudad dentro de ese mismo país, una ciudad ya conocida en viajes y a la que no fue como a la primera, que termina convirtiéndose en una figura del azar que se manifiesta como en realidad es una vez que uno lleva su vida adelante dentro de sus muros. Y finalmente B. Cuando H. piensa en B., y lo hace con mucha frecuencia, siente que fue una figura enviada para incrustarse en su vida y así descubrirle que la pasión es algo que puede existir aunque no lo sepamos de antemano y que no sólo es propiedad de los relatos o desde hace cierto tiempo también de las películas. Pero un día, B., que era un par de años más joven que H., le comunicó su deseo de hacer lo mismo que H. había hecho en su momento, es decir, que dejaba el país, su país y en el que por aquel entonces vivía H. Agregó que luego de reflexionar mucho sobre el tema había decidido anticiparse a la posibilidad de que H. quisiera acompañarla, y que quería marcharse sola. Ante tal determinación H. obedeció, pero de acuerdo con su forma de ver las cosas, esto constituía un desenlace para B., mas no para él, que no había formado parte alguna en el proceso decisorio, así que se quedó derrumbado por el peso de las interrogantes que suelen acechar a la víctima en estas situaciones, quedando sumergido en una profunda depresión. B. era una fuente de vida, y ahora el agua que salía de ella se le escurría entre las manos sin que él pudiera hacer nada por detenerla. Estuvo así durante ese periodo que dura hasta que uno sabe que no hay que buscar lo que no se va a encontrar, y decidió entrar en buenos términos con los por qué que lo perseguían por donde fuera. Hasta que un día se cansó de caminar solo por las mismas calles que lo hacía con B., de frecuentar todos esos mismos lugares que ahora no eran fuente sino de alfileres que se le hundían en la piel. Se hartó también de cruzarse con amigos que le preguntaban por ella, como si él fuera un diario o una emisora de radio con las últimas novedades sobre B. Entonces tomó la decisión de hacer las valijas una vez más, para dar con la ciudad en la que hoy lo tenemos, la que nos lo deja en esta peluquería a la espera de su corte de pelo, mientras se embarca en conversaciones con V., con B., con distintos amigos y conocidos a los que a veces puede ponerles nombre y otras veces no y que como espectros se presentan sólo de manera algo difusa, repasa los pro y los contra de abandonar el país con su familia, luego con otras personas en otros países, discute distintas posibilidades con las personas de su trabajo, algunos con los cuales aún mantiene contacto.
Pero la historia no termina ahí, porque también se imagina viendo a cada una de esas personas tanto en los entornos en que las conoció como en el presente que le toca vivir, esperando que de un momento a otro fueran a entrar en la peluquería y como graciosa casualidad que los uniera coincidieran allí, para pasar de las risas que esto pueda despertar a hablar de cualquier cosa con tal de matar el tiempo y de sentirse bien en mutua compañía, planeando donde tomar algo luego de la peluquería. La imagen más persistente es la de B., esa tercera etapa de su vida en la que creyó conocer la palabra plenitud. H. ya le ha perdido la pista, no tiene idea de dónde pueda ella vivir ahora, pero sin embargo se encuentra con ella en su ciudad, también en la ciudad donde se conocieran, y también se encuentran en la peluquería en la que por alguna traviesa razón está también V., todavía envuelta en el cuerpo de una chica de unos quince años, pero siendo al mismo tiempo esa chica que nada tiene que ver con V.
Así, de algún modo que H. no puede explicarse, a eso que llama la línea directriz de su vida se le suman fragmentos nunca vividos que alargan los segmentos reales que constituyen las diferentes etapas de su vida, y que le hacen sentir que vive múltiples vidas simultáneamente. Invierte su tiempo en la fabricación no buscada de nuevos sucesos, con el sólo propósito de dar con algo a lo que llamar desenlace, ese punto que le permita poner un punto final a cada historia y así pegarla a un inicio y a un nudo, empastarlos de tal modo que no sea posible unirlos de otra forma, a modo de explicación última y ello aún sin saber para qué necesita una explicación, pues tal vez la vida no sea más que eso, un montón de eventos que nos empeñamos en ordenar y clasificar, para luego encerrarlos bajo un título que nos permita contar las cosas como si existiera un orden primigenio tras ese telón que cae al final, o incluso antes, algo en lo que nos empeñamos y con lo que nos contentamos para justificar algo que tampoco sabemos qué es.
H. se pierde en esos mundos, se choca con las personas y los personajes de cada una de sus vidas, que a veces se confunden a su vez y en ese ir y venir uno se cuela y pasa a una historia que no le corresponde; sobre todo B., la ubicua B., y sobre todo ahora que ha vuelto a estar solo; pero H. sabe que predomina esa línea que permite que todas las demás se fusionen entre sí, o que incluso funcionen independientemente una de la otra, oficiando así quizá más como punto de fuga. Sabe que entre los múltiples H. hay uno que predomina; aunque la mayor parte del tiempo no tenga del todo claro cuál sí le consta que hay uno; y que cuando llegue el desenlace final, todos los H. que ahora vagan por diferentes lugares se resumirán en él, se volverán uno, y eso será lo que dará el único sentido a lo que verdaderamente es H., sin importar cuál sea ese sentido.
La peluquera se acerca, y con simpatía lo dirige hacia el sillón donde lo recuesta para lavar su cabeza. Antes coloca una pequeña toalla sobre sus hombros, y luego comienza a echar agua sobre sus cabellos. Le pregunta si la temperatura del agua está bien para él, y el mueve la cabeza tímidamente en señal afirmativa. Una vez puesto el shampoo las suaves manos de la peluquera comienzan a darle un masaje por el cráneo. H. se deja ir guiado por los movimientos circulares que lo adormecen. Olvida por un momento su pasado y las historias que se repiten una y otra vez sin principio ni final, tal como en los sueños. Sólo piensa que esa sensación de placer y tranquilidad le recuerda a algo de su infancia, algo indefinido y para lo que curiosamente no tiene ningún tipo de imagen. Eso lo reconforta. En ese momento, la peluquera termina el lavado y lo conduce al sillón que está al lado de la reminiscencia de V. Inmediatamente, H. le indica que quiere un corte así y así, y las tijeras comienzan a sisear a unos centímetros de su cabeza.

22/8/10

Sol-i-loquio

Por la ventana se filtran los últimos rastros del luminoso día, y con ellos va despertando la aurora de mi melancolía. Quizá sean el embrión de estas letras, pero, ay, escribir que uno duda es tan propio de otro que ya crece también la culpa por la inseguridad. Y así, otra semilla que crece.
Busco las palabras. Curiosamente encuentro manadas de ellas, enjambres de ellas, multitudes de ellas. Pero no son las que necesito, éstas se esconden detrás de las primeras como conejos en su madriguera, en el punto más alejado de la luz, mi lápiz que intenta trazarlas. Las palabras que no busco se agrupan, forman rocas cada vez más grandes, cada vez más duras, granito sólido que forma montañas. Entonces tomo el cincel y no busco dar forma a nada, en realidad quiero destruir, tirar abajo, para poder acercarme a lo que anhelo, esas tímidas, escurridizas, pequeñas palabras que se esconden detrás de esas sus monstruosas hermanas que todo lo tapan. Labor de Sísifo labrar la piedra que se reproduce. Mientras se forman ríos, crecen árboles, nacen animales, se forma un nuevo caos con su imagen especular el cosmos, todos conviviendo juntos, todos sabiéndose y odiándose sin saberlo, resistiendo cada uno a su manera, procurando no ser devorados por algún Saturno hambriento.
Sé que la búsqueda es mi destino, aunque mejor quisiera decir que tal vez lo sea. Es un problema, una vez que los mecanismos del pensamiento se disparan, sabemos que éste funciona, pero poco más. Vemos los engranajes como si estudiáramos un reloj, pero tan sólo para inventar una hora, un minuto, un segundo. Un momento que ya no existe y que no sabremos si existió, porque en todo caso quedará flotando sonriente en las costas de nuestra imaginación. Casi digo memoria, esa pequeña pérfida que nos define mientras nos clava sus puñales perpetuos por la espalda mientras nuestros ojos se fijan inocentemente en el porvenir, en lo por venir que nos encuentra desprovistos de inocencia alguna.
Mientras mi herramienta trabaja tan incansable como desconsoladamente, la pregunta se transforma, busca su identidad también, quiere encontrarse, definirse, dejar su paso marcado en la ciénaga que todo lo traga. Lo único que se va cincelando es un para qué inmenso y permanente. Comienza la sospecha, puede que se trate de un no distinguir el árbol del bosque, o a la inversa. A la postrer todo se trata de reorganizar, de juntar el polvo con el agua e ir moldeando la argamasa. Está ya allí y lo inventamos. Suerte de sutil paradoja, que una vez escrita, la leo y como por arte de magia deja de serlo. Puedo distinguir ahora el vórtice por donde todo entra y todo sale. Pero a riesgo de perder lo que estaba buscando, porque ahora no sé de qué lado buscar, no sé si sentarme a esperar a que la musa me bese la frente o si debo seguir empujando la rueda. Finalmente, mientras decido esperar, opto por empujar la piedra que a su vez talla callos sobre mis manos.
Las rocas, esos colosos, son mis miedos. Puedo adivinar tras de ellas también a algunos de mis fantasmas. Enfrentarse a ellos es la única tarea a la que puedo arrojarme. Quizá se trate de los consabidos molinos de viento, pero como el Hidalgo Quijano, Quijada, o como se llame ese señor, prefiero ser arrojado por las aspas y que mi cuerpo se consuma mientras las palabras que viajan en la maleta de mi mente se baten a duelo con mi verbo interior, ese que está antes de mí y que, gran frustración, nunca logro ni traducir ni convertir en palabra digna de ser llamada tal.

20/8/10

Algunas clases que me perdí

No sé por qué no me enseñaron que Salsipuedes y que Rivera, yo sé del Éufrates y el Tigris, Mesopotamia más famosa que la del Paraná y el Uruguay. Yendo por los ríos de la vida siempre descubrí junto con el Oscuro que nunca me baño siendo el mismo, hoy portando lágrimas faraónicas traídas especialmente desde el Nilo, que en su delta tuvo a bien crear una biblioteca y destruirla para que luego se escribieran infinitas bibliotecas sobre ella.
Puedo entender cómo comprar un ticket de tren en quince idiomas, pero no logro entenderme a mí mismo en ninguno. Me enseñaron a pronunciar la erre que erre y la ese y la zeta, la be larga y la ve corta, para que después cada cual las pronuncie afín a su capricho, pero no me enseñaron que un día iba a tener que viajar sin boleto de regreso por la sencilla razón de porque porque y porque. Ahora puedo pedir una cerveza en sendos idiomas y tratar de olvidar el detalle a la hora de dejar que mi cabeza navegue por los oscuros mares de mis sueños.
No me enseñaron a llorar a los muertos que cayeron a manos de los que pasaron antes que yo por el costado oriental del río Uruguay, pero reniego de estos últimos como de los que se dejaron seducir por los Stalin, Hitler, Custer, Pol Pot, Franco y amigos, textos repletos de biografías sobre ellos, sin tener cabal idea de quién pueda haber sido José Gervasio Artigas. A duras penas aprendí que lo que me querían decir es que la historia se puede contar como si no fuera algo que hicieran las personas, como un ente independiente, pues ya se sabe que la naturaleza no es responsable de nada, que reposa más allá del bien y del mal, llámese volcán, maremoto o tsunami. Y así, la historia galopa sobre las páginas de los textos oxidados como si otros, seres desconocidos a los que nadie llamaría antepasados, la hubieran puesto en práctica. Al conjunto le llaman tradición, que, en mi mala traducción, no significa otra cosa que traición.
No me enseñaron que al fin y al cabo todos somos personas, cada uno con sus mañas, y que estas mañas cuando populares, se llaman normalidad. Me mostraron el mundo como quien hace un paseo por los pasillos del Louvre, un gran edificio palaciego lleno de maravillas dignas de admirar, incluida la Venus desmembrada pero bien alimentada, hasta que un día vi como cargaban los restos irreconocibles de un ser sin carnes cuando la liberación de los campos de concentración, siguiendo sin entender como sus huesos lograban mantenerse unidos. Debe ser que falté a alguna clase de Anatomía también.
Al final me arrojé a los mares, pero carente de épica, me subí a las alturas en esas aves rapaces que cuando bajan te dejan en manos de centros de pérdida de la dignidad y la identidad, aunque claro, todo en pro de la propia seguridad. Allí todo se divide en control y centro de compras, y donde todos son víctimas de ser criminales en potencia. Pasada la prueba uno recupera la persona que era, o eso cree, y puede ir a buscar sus maletas, adquirir un perfume dudosamente más barato, y comer más caro. Ah, también hay baños, nada más práctico para después de un momento de estrés.
No me enseñaron que los buenos modales pueden ser tan sólo una seña de debilidad a los ojos del escrutador o del simple transeúnte de cualquier ciudad, cuando lo que mejor funciona es un simple codazo y sin disculpas (más bien como poniendo cara de eso te pasa por meterte en mí camino), pero por suerte en las horas de aprendizaje fuera del aula pude tomar algunas notas y evitar que me vendan algún que otro buzón, aunque ya tengo varios en mi haber y sé que inconscientemente tal vez procuro venderle alguno a otros desprevenidos, pero más por hacer lugar en mi vivienda que por hacer mal, ya que sumo tal vez demasiados bártulos de todo tipo, problemas, y cuentas, y olvidos, e historias sin terminar, y estrellas fugaces a las que se les ocurrió hacer un alto en el camino.
Creo que quiero abandonarme a los designios de la generación y la corrupción, quiero vivir mi vida geocéntrica y reposar mis huesos hasta que el determinismo o la casualidad decidan qué quieren hacer de mí y conmigo. Quiero convertir mi alrededor en una montaña del rey, y darme a pasear unos minutos como solía hacerlo el de Königsberg, que como por allí no brillaba el sol, tenía la delicadeza de pasearse todos los días a la misma hora para que las buenas gentes pudieran adivinar qué hora del día tocaba. No puedo prometer puntualidad, pero al parecer no se precisa ir muy lejos para aprender unas cuantas verdades sobre el planeta y sus habitantes.

3/8/10

Crónicas de H. (4)

El domingo bien podría ser un día insoportable para H. Pero no lo es, al menos no en su totalidad. Como el día que va mutando con su propio paso, al acercarse la caída del sol la tranquilidad, real o aparente de H., se va transformando en angustia. A la manera de los antiguos augures romanos que estudiaban el vuelo de las aves, H. ve en el color del cielo que va cobrando tonos más oscuros únicamente el presagio de lo que indudablemente terminará por convertirse en lunes. En un lunes más, porque nada especial pasa en ninguno de ellos si los miramos de a uno. Cuando nos alejamos y miramos el calendario que cuelga de una de las paredes de la cocina de H. podemos apreciar que los días pasados están tachados con una marca, una cruz que revela la invariabilidad de lo que cada uno es, el mero transitar del tiempo, nada más. Imaginar la transformación del futuro en pasado pasa por ver más cruces donde todavía no las hay. Es como si H. fuera un preso que contara los días de su pena, esperando salir de la cárcel que es su cuerpo. Cierta vez el propio H. leyó en un artículo que alguien realizaba esas marcas directamente sobre su piel, es decir, sobre las paredes de su celda. Para él basta con el calendario, porque hay muchos tipos de heridas, y las del cuerpo no le parecen las peores.
A determinada hora suenan las campanas de la iglesia que está en la esquina de su casa. Dichas campanadas cumplen una función, o bien suenan cada hora, o bien dan noticia a sus prosélitos de que el servicio está por comenzar. Antes también informaban de otras cosas, por ejemplo, en tiempos de guerra anunciaban la aparición del enemigo sobre la línea del horizonte, y por lo tanto eran señal de peligro, de ir a buscar o bien refugio o bien resguardo tras la muralla para presentar batalla. Debajo del campanario, la torre de la iglesia ostenta un gran reloj. Inconscientemente, cuando H. sale a dar su paseo dominical, es lo primero que mira. Ahí están, las agujas, señalando el momento cero de su salida, confirmando que es la mañana y que siendo aún temprano, sus pasos resonarán repitiendo su propio eco, haciéndole creer que forma parte de una multitud que marcha en dirección al centro de la ciudad.
Su casa no queda exactamente en el centro mismo de su ciudad, pero está a una distancia que, al menos H., encuentra factible de hacer a pie. Y eso es lo que hace casi cada domingo, aunque no siempre en la misma dirección. Caminar le proporciona a H. una sensación distinta acerca de su ilimitada soledad. El andar brinda realidad a la afirmación de aquel filósofo griego de anchas espaldas, que sostenía que el pensamiento no es sino el diálogo del alma consigo misma, y que luego los peripatéticos transformaran en movimiento mismo, dialogando a la par de caminar de a dos, tal vez de a tres, en una dirección y luego en otra. Más reciente y tal vez romántica resulta la imagen del pensador solitario que se interna en los bosques para perderse en la inmensidad de su reflexiones, tal vez en la Engadina, esa región de altas montañas que sólo parecen propiciar meditaciones profundas.
H. no es un filósofo ni un pensador, está lejos de revestir tales características, pero puedo afirmar sin temor que su situación supone algunas similitudes, y así, él se permite una pequeña enajenación, desdoblándose para conversar con él mismo, al menos en esa parte del trayecto donde no se cruza prácticamente con persona alguna.
Hoy lleva instalada cómodamente la imagen del reloj de la iglesia. Cada tantos metros se cruza con otra iglesia que porta un reloj más o menos similar. En algunas ocasiones mira de forma inconsciente su propio reloj pulsera, como si se tratara de un efecto, como si el doctor le diera en ese mismo instante un golpecito seco en la rodilla y su pie se levantara sin pedirle permiso. Pero el reloj que cubre su muñeca izquierda es el reloj de todos los días, es por tanto el reloj de los lunes, y por eso en cuanto cobra conciencia de ello abomina de clavar sus ojos en sus agujas como antes aquellos que abandonaron Sodoma debieron abominar de mirar atrás. Pero el reloj no es Sodoma, y así H. puede proseguir su paseo sin convertirse en una figura de sal.
H., aún sin ser filósofo, como ya dije, cree con San Agustín que si le preguntan qué es el tiempo, no lo sabe, y que cuando no se lo preguntan, lo sabe. Sin embargo, la omnipresente imagen del tiempo en sus pensamientos es siempre la del reloj de agujas. No se figura nunca que un reloj pueda simplemente mostrar números. Un día alguien le regaló uno de esos relojes. Hoy está en su mesa de luz, porque el diseño le permite reconocer la hora en las contadas ocasiones en que se despierta a horas intemporales de la noche, y quiere saber si vale la pena regresar a la cama luego de visitar el baño, o si ya conviene quedarse levantado.
Las agujas; la de las horas, la de los minutos, la de los segundos; son para H. como agujas de coser que giran cada una a su ritmo mientras se van clavando en él, bordando sobre su piel el paso del tiempo. Una más lentamente, otra más rápido, y la tercera aún más rápido, van produciendo un surco como si del de la siembra se tratara, y el reloj no fuera más que un buey que sobre la dermis va dejando una costura de ampollas tras de sí. El dibujo que se va formando recuerda a un tatuaje. H. tiene por certeza que nada asegura que ese tatuaje un día estará terminado, sólo sabe que cuando lo esté, será la señal de que él ya no paseará más los domingos entre los relojes que cuelgan de las torres de las iglesias.
Cuando piensa en otros relojes H. se da cuenta de que la imagen de la aguja se repite, en el reloj de arena, en el de agua, en el de sol. Puede suponer que algo se llena, como en los dos primeros, pero para que luego se vacíe y vuelva a llenarse, señal sí quizá de los ciclos del día, de la noche, de la vida, y como también suele verse, de lo efímero del paso por la tierra. Pero él lo que siente, con cada grano de arena o con cada gota de agua que cae, es que algo se mete en su piel, y eso le despierta una interrogante particular, porque no sabe qué significan ni la parte llena ni la parte vacía, en un intento vano por buscar una respuesta, tal vez una moraleja o una parábola sobre el significado de su propia vida.
Más le agrada el reloj de sol que cada vez en uno de sus recorridos puede apreciar cuando pasa por delante de una antigua casa que tiene uno en la parte superior de su fachada. Si bien los rayos del sol y el propio estilo del reloj le recuerdan esas mismas agujas, le atrae la sombra que se va posando sobre los distintos dibujos arabescos que señalan el momento del día que representan. La sombra como representación de sí mismo. A veces más larga, a veces más densa, a veces más fina. Es en esa zona más oscura donde H. encuentra su lugar, las dagas con su tan reconocible sonido de tictac que le cuentan los segundos que osa posar los pies sobre la tierra ya lo tienen acostumbrado a sus heridas, pero esa oscuridad entre la luminosidad del día es para él como si de una imagen especular se tratara, y en la que de algún modo pudiera sentirse reflejado.
Esto no lo entristece, por el contrario, le produce la satisfacción que sólo una revelación puede procurar, y se conforma con cobrar conciencia de ello. Puede ser un consuelo de tontos, se dice, cuando mira a las personas a su alrededor; pues ya está en la zona céntrica de la ciudad; y ve cómo éstas no sólo no miran reloj alguno, sino que se tapan los ojos para no ver el dibujo que el tiempo, a la manera de una hilandera persa, va disponiendo sobre ellas.
Repentinamente, de entre ese mar de gente que disfruta del sol, de la arquitectura de la ciudad, que se toma fotos que mostrará a sus seres queridos una vez de regreso a sus respectivos países, asoma un conocido de H. Se saludan, todo es tan rápido que H. no tiene tiempo de pensar que su soliloquio se ha visto interrumpido de esa forma salvaje, y así pasa con total naturalidad a conversar de otros temas, mientras ambos se pierden por las callejuelas menos pobladas, comentando casi al pasar que mañana será lunes.

La pregunta por el sentido de la vida

"Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud frente a la vida. Debemos aprender por nosotros mismos, y también enseñar a los hombres desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino que la vida espere algo de nosotros. Dejemos de interrogarnos sobre el sentido de la vida y, en cambio, pensemos en lo que la existencia nos reclama continua e incesantemente. Y respondamos no con palabras, ni con meditaciones, sino con el valor y la conducta recta y adecuada. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular.
"Esas obligaciones y esas tareas, y consecuentemente el sentido de la vida, difieren de un hombre a otro, de un momento a otro, de forma y manera que resulta imposible definir el sentido de la vida en términos abstractos. Jamás se podrá responder a las preguntas sobre el sentido de la vida con afirmaciones absolutas. "Vida" no significa algo vago o indeterminado, sino algo real y concreto, que conforma el destino de cada hombre, un destino distinto y único en cada caso particular. Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse a otro hombre o a otro destino. Tampoco se repite ninguna situación, y cada una reclama una respuesta distinta. Una situación, en ocasiones, puede exigirle al hombre que construya su propio destino realizando determinado tipo de acciones; en otras, le reportará un mayor beneficio dejarse inundar por las circunstancias, contemplarlas y meditarlas, y entresacar los valores pertinentes. Y, a veces, la existencia demandará del hombre que sencillamente acepte su destino y cargue con su cruz. Cada situación se diferencia por su unicidad irrepetible, y para cada ocasión tan sólo existe una respuesta correcta al problema que se plantea."


Viktor Frankl
"El hombre en busca del sentido"
Herder, Barcelona, 2004, pp. 101-102.

der Held / El héroe

"Nennen wir unseren Mann, den Helden dieser Geschichte, Keserü. Wir denken uns einen Menschen und dazu einen Namen. Oder andersherum: wir denken uns den Namen und dazu einen Menschen. Obschon wir das alles auch lassen können, weil unser Mann, der Held dieser Geschichte, auch in Wirklichkeit Keserü heißt."

Imre Kertész
"Liquidation"
Suhrkamp Verlag 2003, Frankfurt am Main, Seite 9.

Llamemos a nuestro hombre; al héroe de esta historia; Keserü. Nos imaginamos a una persona y con ello un nombre. O dicho a la inversa: nos imaginamos un nombre y con ello a una persona. Aunque también podemos dejar todo eso, porque nuestro hombre; el héroe de esta historia; en realidad también se llama Keserü.

24/7/10

Postales muniquesas II - Una Ronda entre Cafés y Cervezas*

Tomo el laptop y me subo con él al tranvía, voy al centro de Munich a buscar alguna terraza donde poder escribir este texto. Es primavera, y Munich se viste de Biergarten, donde la gente disfruta al aire libre del por acá llamado “alimento líquido”, la cerveza, en particular la de trigo, o un Radler (cerveza con limonada), o un Apfelschorle (jugo de manzana con agua mineral). La vida bajo los rayos cada vez menos tímidos del sol se traslada a la calle, el silencioso frío invernal queda atrás y todo es bullicio. Los cafés no son la excepción, junto con los jardines de cerveza son la otra institución social de la ciudad. Como en otros tiempos lo hicieran Thomas Mann, Frank Wedekind, Bertolt Brecht, los artistas del movimiento “Der blaue Reiter” como Kandinsky, Marc, Macke, Münter o Klee, encuentro un lugar en el centro de la ciudad relativamente tranquilo, desde donde ordeno mi bebida y puedo teclear sin perder de vista el movimiento humano. El mercado central; conocido bajo el nombre de Viktualienmarkt (Mercado de Vituallas); muy a pesar de su locación estratégica no es lamentablemente el escogido para abocarme a la tarea por haberse transformado en un punto de atracción turístico, así que no puedo verme rodeado de los puestos con miles productos típicos de la zona, o de las pequeñas estatuas que decoran su plaza, entre las que destaca la del gran humorista local Karl Valentin, que es admirado como un héroe y a sus pies siempre pueden verse flores que los locales le ofrendan. La talla del personaje puede intuirse tomando en cuenta el museo hecho en su honor y es muy peculiar, se encuentra en la parte superior de una de las tres antiguas puertas de acceso a la ciudad antigua que se conservan, y para dar nota del tipo de humor que practicaba, antes de entrar puede leerse que las personas de más de 99 años que concurran acompañadas de sus padres tienen su entrada gratuita. El reloj que ostenta la puerta, que por estar sobre el Isar, el río que atraviesa la ciudad, lleva el nombre de Isartor, tiene su sistema invertido y sus agujas giran en sentido contrario al habitual, porque dicen que en Munich las horas pasan de otro modo, y puede que así sea.
Decido continuar mi tránsito, dejando que sea la propia ciudad la que inspire lo que voy escribiendo, así llego a la Odeonsplatz, fiel reflejo de lo que es hoy la ciudad en relación con su historia: la imponente iglesia de San Cayetano, de estilo italiano y con fachada amarilla; color que luego se impusiera en la arquitectura de toda la región; convive con la Residencia Real que guarda las joyas de la corona del reino de Baviera; con un pequeño parque entre los tantos que dan verde a la ciudad y en el que los viernes durante el verano y bajo El Templo de Diana se dan cita para bailar grupos de seguidores del tango; con una tradicional confitería donde puede saborearse la exquisita repostería local; y con el Feldherrnhalle (La Logia del Mariscal) infaustamente famoso por haber sido el sitio donde Hitler llevó a cabo el famoso Putsch de Munich de 1923. Desde ese punto además nace lo que primero es la Ludwigstraße y más adelante la Leopoldstraße, una avenida que conduce al pasado más oscuro de la historia reciente, y donde hasta es posible todavía figurarse el redoblar de los tacos de las tropas nacionalistas que desfilaban por allí. Pero hoy esa avenida lleva al hermoso barrio de Schwabing, luego de pasar por la Universidad Ludwig-Maximilian, con su recordatorio a Sophie Scholl y el movimiento de la Rosa Blanca, un grupo de estudiantes alemanes que se levantaron contra el régimen nazi y fueron ajusticiados con la guillotina. Zambullirse en el barrio de Schwabing es conocer la parte tal vez más bohemia de la ciudad, debido a la universidad está poblada de jóvenes estudiantes, y está repleta de cafés, de restaurantes, de anticuarios, de tiendas y sobre todo de librerías de segunda mano donde es posible encontrar joyas muchas veces a precio de verdadero regalo, también es donde se concentran los diseñadores emergentes o simplemente las tiendas vintage. Pero no deja de ser Munich, y todo luce nuevo, con autos muy costosos que bordean las calles y sugieren un contraste interesante con la espléndida arquitectura que el Jugendstil (el Modernismo alemán) obsequió a la ciudad, con sus fachadas originales y en algunos casos llenas de diseños y de colores.
La pausa no se hace esperar y el mejor lugar para sentarse un momento es el Alter Simpl, la emblemática taberna que aglutinara a los intelectuales que dieron vida a la prestigiosa y satírica revista Simplicissimus que funcionó entre 1896 y 1944. Esa taberna contrasta con la forma en que la cultura es ofrecida hoy por la ciudad, de un modo muy institucionalizado y tras grandes edificios, tal el caso de la Literaturhaus, la Amerikahaus, o el Gasteig, un gran edificio moderno y no muy bonito por fuera pero que alberga y organiza muchas de las actividades culturales que hay en la ciudad, sede de la Filarmónica local, de la Biblioteca Municipal, y de la Volkshochschule (conocida en español como Universidad Popular) donde por bajo costo pueden hacerse todo tipo de cursos, al punto que podría decirse que la imaginación es el límite. Allí anualmente pueden apreciarse festivales de cine también, entre los que destacan el Latinoamericano, y como el pasado año, el que se dedicó al cine de Uruguay. A escasos metros, y al lado del Müllersches Volksbad, baño municipal que en su momento fuera el más moderno de Europa y que aún hoy funciona y es otra maravilla del Jugendstil, se encuentra el Muffathalle, lugar algo de culto al que acuden bandas internacionales, y visitado ya varias veces por artistas uruguayos entre los que destaca La Vela Puerca, que cuenta con muchísimos seguidores no sólo acá en Munich, sino en otras varias ciudades de Alemania.
Baja el sol y hay que elegir un nuevo destino para terminar el día. Es un secreto a voces que Munich, mundialmente conocida como centro financiero e industrial, es también la ciudad “rosa” de Alemania, y el barrio que concentra a la población gay es el de Glockenbach, que por la noche es sin duda también el barrio más alegre de la ciudad y por tanto la mejor elección, donde uno puede entrar en contacto con las últimas tendencias, la gente es más arriesgada en el vestir, y la tranquila vida cultural que durante el día nos recuerda a los artistas antes mencionados cambia por los restaurantes alternativos, los bares donde suenan ritmos electrónicos, y los clubs donde pueden escucharse las nuevas bandas de música alemanas.

* Artículo publicado en la Revista Guita, a quienes estoy muy agradecido, en su número 4 de mayo 2010. El acceso directo a la revista:

22/7/10

Crónicas de H. (3)


Como quisiera escribir una canción
que me volviera otro
o yo mismo tres años mejor
Eduardo Darnauchans


La vida que lleva H. no es solitaria, podría mejor decirse que se trata de la vida de un ser solitario. Ahora es más fácil no ya intuirlo, sino identificarlo, comprobarlo. El paso de los años, tal como los anillos de un árbol permiten reconocer su edad, señala la profundidad de su soledad. No son arrugas, se trata de otra cosa, casi como si hubiera pasado mucho tiempo a la intemperie en una zona desértica y el viento hubiera depositado sobre su rostro los finos granos con que obsequia a quienes se introducen en su territorio.
Ahora está solo, pero no siempre fue así. Cuando aún vivía en su país de origen tuvo sus primeros roces de labios de adolescente, algo casi impensable considerando su introversión, pero que atraía a algunas chicas que querían descifrar lo indescifrable detrás de su falta de gestos. También tuvo su amor de juventud, pero esa es otra historia para ser contada en otro momento. Hoy importa más el ahora de H., aunque él mismo no lo quiera admitir, y aunque el ahora sea una palabra fútil que no existiría si no pudiéramos rememorar o proyectar o soñar.
La ciudad en la que está lleva vestido primaveral, el sol se filtra entre las ya existentes hojas de los árboles y tiñe todo de contrastes dorados y verdes profundos, las fachadas de los edificios históricos parecen espejos que reflejan los rayos del sol en todas direcciones, y las personas comienzan a ocultar sus ojos detrás de infinitos pares de lentes de sol.
H. practica la vieja costumbre de sentarse en un café a dejar que pasen las horas. Luego de pedir su bebida, un café igual al que tomaba en su ciudad natal pero que en este lugar insisten en denominarlo con palabras italianas, se acomoda y lanza una mirada a su alrededor. Está en la terraza del café, sobre él se yergue una sombrilla que impide que el sol lo ataque. Duda un momento sobre si dedicarse al diario que está sobre su mesa o dejar que la tranquilidad del entorno se mezcle con su análisis de lo ocurrido durante el día, para que lentamente oficie de exorcista, y el día laboral quede fuera de su cuerpo y de su alma. Cada imagen que se filtra a través de sus retinas parece una instancia de la sangría con sanguijuelas como las que antes utilizaban los médicos para quitar los malos humores de sus pacientes. Dos mujeres conversando distendidamente, un padre atando los cordones de su pequeño niño, los sonidos entremezclados que le llegan desde un parque cercano, todo y cada cosa van quitando a H. de sus horas anteriores para dejarlo donde realmente está, solo ante su café.
Cuando pasa una chica luciendo un vestido floreado, H., que ya iba a dirigir su mirada hacia otro lado como si no hubiera boyas que indiquen hacia donde dirigir la barca en el mar de la realidad circundante, vuelve sus ojos y de repente siente lo contrario, no que la nueva imagen contribuya a borrar de su mente las últimas vivencias, sino que lo transporte a otras anteriores, muy anteriores.
Años atrás H. tuvo una relación con una mujer que en primavera vestía un vestido muy similar al que ahora tiene delante de sus ojos, o al menos lo hizo durante dos o tres años. Él hacía poco tiempo que vivía en su nuevo país, mientras que ella era de allí, aunque de otra ciudad. Eran jóvenes, y todo era fresco para ellos. Dos personas que vienen de diferentes lugares tienen para sí todo nuevo, el pasado es sólo literatura, un cuento con el que cada uno puede amenizar los encuentros, aún cuando se trate de malas experiencias. Como en una sesión de psicología, sólo puede conocerse al otro a través de sus palabras, no se tiene otra información.
Por otro lado estaba el propio tema del lenguaje, aunque H. lo dominaba ya desde su llegada, el idioma vivo al comienzo lo avasalló, con sus códigos propios de comunicación que van mutando en el tiempo, tratando de identificar cuándo realmente debía apostar por la formalidad o la informalidad, captar los matices suficientemente bien para reír en caso de que fuera humor, enajenarse al mismo tiempo de su propio idioma y pensar y sentir en otro, para no parecer descortés o demasiado cortés o no suficientemente cortés o cortés pero en una situación inapropiada, acompañar sus propias palabras con los movimientos y los gestos adecuados, en definitiva, convertirse en otro sin dejar de ser él mismo. Una batalla perdida, porque pronto descubrió que toda su vida se había tratado de lo mismo, sólo que por esa época, su adaptación al nuevo universo lo ayudó a notarlo.
Ella fue no sólo una gran ayuda en esa época, sino también un gran consuelo. Los que hayan decidido vivir en otras tierras probablemente entiendan lo que esto último pueda significar. Pero en cierto momento H. detectó algo que comenzó a molestar su sueño. Si bien su apariencia en el nuevo país no señalaba a las claras que fuera extranjero, por momentos ni siquiera su forma de hablar, en su entorno más cercano; y su entorno más cercano tenía como cenit a su pareja de vestido primaveral floreado; podía ver que era una suerte de elemento exótico, o al menos que cierta dosis de exotismo jugaba un papel importante en lo que a él respecto de los demás atañía. Esto no era algo negativo en sí para él, pero sí la intranquilidad de no poder saber qué porcentaje de ello había. Cuando hablaban, cuando iban al cine, cuando se reunían con amigos – los amigos de ella por sobre todo porque era de los dos la única que por ese entonces podía tener amigos –, cuando comían, cuando se acostaban y cuando hacían el amor, llegaba un punto en que él no podía descifrar que era lo que podía ser interesante o atractivo para ella, si lo que simplemente une todos los días la vida de dos personas o si cada acción en su mínima expresión tenía un componente de diferencia que pudiera adjudicarse a que él venía de otra parte, y que en ello consistiera todo. Una escritor una vez tituló uno de sus libros con la frase la vida está en otra parte. Creo que eso define bien lo que por aquel entonces H. sentía, y debo agregar que aún hoy siente, luego de años de absorber la vida en el nuevo sitio y de haber adquirido casi diríase que por ósmosis las prácticas y costumbres e incluso muchas de las manías y fobias de su nuevo hábitat. Él mismo era una representación, un enviado especial, un estigma caminante de que la vida sí está en otro lado. En otras palabras, cuando H. llevaba sus pensamientos al límite, no podía dejar de verse a sí mismo como un chimpancé de laboratorio, donde cada cosa que hacía era respondida con total naturalidad, pero por detrás no era más que una mímica que escondía el simple afán de descubrir el comportamiento de un ser procedente de otro nicho.
Esta situación lo fue aislando, por supuesto, cada día era como colocar una nueva piedra sobre su propia torre de Babel, donde las diferentes lenguas que lo separaban del resto eran precisamente las que no se hablaban, las que acompañan al lenguaje por detrás del telón que subimos con cada salida del sol.
Su mujer, a la que hay que decir que quería mucho, intuía que no todo funcionaba bien, no sólo era rica en inteligencia, sino que su poder intuitivo hacía honor a su ser femenino. Ambos se querían, de esa forma en que no podemos imaginarnos sin el otro, pero sobre todo en que no podemos dormir sin el otro, ese momento que algunos consideran de debilidad, pues nos dejamos ir mientras nos invaden los sueños y donde estos pueden comulgar y mantener la unidad diurna en nuestro universo inconsciente, algo que puede ser más puro y sin duda más interesante que la posibilidad de compartir mil copas para dejar que sea la desinhibición del alcohol lo que nos acerque.
La torre continuaba su ascenso, no se sabe quién subía con ella o quién permanecía abajo, en las relaciones eso nunca está claro. Incluso puede que hubiera dos torres, cada uno en la suya, que es lo más probable.
El momento de revelación para H. llegó cuando todo eso que había acumulado durante todo ese tiempo, esa gran configuración de situaciones, acciones, imágenes, es decir, la vida de los últimos años en su totalidad, no se trataba más que de lo que él mismo sentía, él era el que había estado llevando adelante el experimento, él era el que había estado viendo algo exótico en todo, en su mujer, en su entorno, en los demás, y hasta en su percepción de él mismo, porque todo había pasado a ser nuevo y diferente, que es más o menos igual a decir que era lo mismo. Esto fue para él como pasar de observar con el microscopio al telescopio. Ahora veía toda la constelación, incluido él y las estrellas y los agujeros negros, y se dio cuenta que había sido víctima de un engaño, de su propio engaño. No podía culparse ni culparla a ella, que quizá, tras el desgaste que toda rutina produce, tal vez hubiera arribado a similar descubrimiento, porque al fin y al cabo, llega un momento en que no hay más remedio que darse cuenta de que lo que tenemos delante es un ser humano, ni más ni menos, con todos sus vicios y virtudes. Y en ese momento una voz nos dice sin engaños si seguimos o no.
Con el tiempo cada uno fue asumiendo que no, como quien acepta que el destino está impreso en un libro que ocupa un anaquel de una librería con la que nunca hemos dado, y las disputas de los primeros tiempos que terminaban muchas veces con fogosas reconciliaciones; fogosas sobre todo por parte de ella, ya que H. nunca fue muy demostrativo con sus pasiones; ya no pasaban de ser pequeños intercambios de argumentos en pro y en contra hasta que la situación quedaba subsanada. Un día, con pocas palabras pero más que suficientes, decidieron separarse, intentado no echarse mutuos reproches a fin de darle la dignidad que esos años juntos habían tenido, y no como una mala inversión que los dejaba mal parados de cara al futuro. Porque secretamente ambos sabían, al menos él, que el futuro era lo que se terminó convirtiendo en su presente. Mantuvieron contacto durante algún tiempo, hasta que también quedó claro que no se debían obligación alguna, y que en todo caso, la comunicación forzada podía terminar volviéndose una burla impuesta por las buenas costumbres sociales, una bofetada a esas noches en que ambos supieron compartir sus sueños. Así que antes de que las cartas comenzaran a tener pausas cada vez más prolongadas entre una y otra, y de que las llamadas telefónicas se poblaran de silencios más extensos, acordaron tácitamente dejar que fuera únicamente el destino el que los dejara cruzarse alguna vez.
H. se da cuenta de que lleva unos segundos con los ojos cerrados. Los abre y es como si se despertara, y el fuerte resplandor que aún impera lo ciega un poco. Cuando puede distinguir con más claridad las imágenes que bailan a su alrededor, ve a lo lejos la figura de la chica que lo llevó a navegar por otros tiempos, y que ese viaje al pasado fue lo que en definitiva lo alejó del día que quería dejar atrás. Sorbe lo que resta de su café, coloca el diario bajo su brazo derecho, y camina en su dirección.

30/6/10

Crónicas de H. (2)

H. sale del supermercado. Acaba de comprar los productos que necesita para la semana. Su andar es distraído, sus movimientos como si el entorno fuera una masa de gelatina, una placenta por la que tiene que moverse hasta llegar a su morada, su torre de marfil, su punto de aislamiento no metafórico, porque el sentimiento lo acompaña esté donde esté, sin tomar en consideración que está en una ciudad superpoblada.
Si observamos desde arriba la ciudad donde vive H., podemos ver que semeja un terrario de hormigas visto desde un costado, grandes bloques de cemento con caminitos entre medio por los que circulan incontables seres.
Los alimentos que H. compra tienen otros nombres que los que aprendió en su país natal. Él viene de uno de esos países que no tienen un nombre en toda regla, como esas creaciones literarias, llámense Utopía, Kakania, Santa María, Yoknapatawpha, o Macondo; o como esos países que por nombre tan sólo llevan la indicación de cómo llegar a ellos, caso de Austria (Österreich o Reino del Este), o República Oriental (del río) Uruguay; o incluso como uno de esos países que parecen haber adoptado el nombre de una sociedad anónima y que por eso se dan a conocer generalmente por su acrónimo, por ejemplo Estados Unidos de América.
Cuando H. lee los nombres en el supermercado, todo funciona como se supone, nunca tuvo la mala fortuna de equivocarse; y por ejemplo, darse cuenta más tarde de que compró detergente con fragancia de limón en vez de limonada; pero la relación entre las palabras y las cosas no parece ser igual, parece haber algo artificial, que se traslada a todo su entorno. De hecho, la pregunta que lo persigue ya no es quién es que decide sobre sus actos, sino si forma parte de una película, porque así es como ve todo. Cuando está solo siente que tiene la posibilidad de meditar sobre ello, aunque en realidad el tema lo intranquiliza. Pero sucede algo curioso cuando tiene conversaciones con otras personas. En algún momento de la conversación siente que una parte de él se escinde y observa la acción desde fuera de sí; sin poder llegar a identificar de modo pleno cuál es la que predomina, si la que sale o la que se queda; mientras mantiene el diálogo con total normalidad. Como si se tratara de una mala pasada, tiene que hacer un gran esfuerzo para controlar los accesos de risa que esto le produce, y que no sabe a ciencia cierta de qué. Si es porque el otro no ve su escisión, si es porque verse a sí mismo desde fuera le muestra lo ridículo de la situación, si es porque la escena vista desde otra perspectiva le parece tomada de una comedia graciosa. No lo sabe, pero se reconforta cuando es la propia situación la que propicia una sonrisa, de modo que aún a riesgo de parecer un poco forzado, se permite liberar un poco de esa risa contenida entre las costillas y que le hace cosquillas en la garganta.
En el mundo que ahora le toca vivir todo es como si se topara repentinamente con una persona que porta una máscara veneciana, pero fuera de la temporada de carnaval. Todo es claro, la máscara supone una persona detrás, mientras que el resto de los ornamentos confirma claramente de qué se trata, el sombrero de tres puntas y el largo manto que esconde el cuerpo y los miembros; aunque no el sonido de los pasos; sumados al negro lunar a un lado bajo la nariz y cerca de los labios, el polvo blanco en el rostro y un poco de colorete en los cachetes, una huella de carmín en los labios, contienen una información que podría decirse es precisa, reveladora de significado. Pero aun con todas esas señas que resultan inconfundibles hay un instante; como cuando contenemos el aire en los pulmones y todo queda en silencio; en el que puede percibirse una incongruencia. A la evidencia de las circunstancias puede verse que es una persona, pero, puede que realmente sea carnaval después de todo, y el errado o que ha olvidado las fechas sea H., y así que el disfraz tenga una razón que calza con el orden del universo, puede que sencillamente quien se esconde tras el disfraz, el personaje, acuda a una fiesta, puede que sea un loco, o alguien haciendo publicidad. Hay miles de interrogantes posibles que acosan a H., y eso es precisamente lo que lo inquieta, porque ese hombre enmascarado se manifiesta en todo lo que ve y lo que toca.
De cualquier modo si bien todo funciona correctamente, hay algo más que perturba a H. Es la idea de que en realidad esto fuera así antes, y de que simplemente hubiera nacido y crecido sin que el entorno le formulara estas cuestiones. En todo caso, haber cambiado de país puede que lo haya inducido a despertarse de un sueño, un sueño dogmático tal vez, o no, que justo sea lo contrario, que el sueño ocurra ahora y por eso sospecha de cada acto, de cada instancia que involucra el lenguaje, es decir, la realidad toda, consciente o inconsciente.
Al llegar a su casa, los dientes de la llave calzan a la perfección en la cerradura, la puerta gira tras el empujón y le permite la entrada, sube las escaleras, abre la heladera, guarda algunas cosas y toma una jarra de agua. En algún lugar leyó que hacer las compras supone perder mucho líquido, y desde entonces esa información; que en realidad era una publicidad; se instaló en él y como si de un axioma se tratara simplemente responde a un efecto condicionado, y lo primero que hace una vez de regreso es saciar su sed, real o ficticia.
H. vive solo. No siempre lo ha hecho, pero eso ahora no viene al caso. Repasa lo que hizo durante el día, piensa sobre la rutina, y sobre cómo la palabra está tan fijada a su labor diaria, porque lo que él hace no se trata más que de algo rutinario. Prende el televisor, no encuentra nada de interés, y lo apaga. Se sienta en el living, entre su biblioteca y su escritorio, mira a ambos lados, esperando que un rayo ilumine su próximo paso, el que le ayude a enfrentar las horas hasta que Orfeo lo llame. Sin demasiado ánimo, termina por recostarse en el sillón. Visto desde cierta distancia parece una de esas tristes figuras de Edward Hopper. La imagen le hace sonreír, al recordar que lo que tiene a su alcance es un vaso de agua y no uno de scotch, pues considera que en realidad esto vuelve más aguda la imagen de soledad que el artista tan bien supiera retratar.
Con la cabeza recostada su problema con las palabras reincide, y piensa si cuando dibujó en su mente la palabra rutina lo hizo en su idioma materno o en el adoptado. No está seguro de que signifiquen lo mismo. Imagina que no sabe qué sucedería si viviseccionara a ambas palabras, si con sus órganos a la vista la relación con el resto de las palabras de sus respectivos idiomas sería la misma, si la forma de entenderlas de las personas sería igual, si el dolor de sentirse esclavo de ellas tendría los mismos síntomas.
No quiere pensar más en eso, ya tiene claro lo que quiere hacer. Se acerca a la biblioteca, donde encuentra el tomo al que quiere dedicarse en las próximas horas, y que en realidad había estado evitando hasta ahora sin saber muy bien por qué.

22/6/10

Crónicas de H. (1)

H. se despierta. Con cierta dificultad se levanta y se acerca a la ventana, mueve las cortinas para descubrir que las nubes se mantienen en el cielo un día más, como si fueran parte de la propia tierra y giraran con ella, o simplemente fueran el universo inamovible para estar siempre en el mismo lugar sin prestar oídos al movimiento de rotación planetario. Se restriega los ojos como queriéndose sacar el pesado sueño a través de la operación de los nudillos, pero sólo logra remover parcialmente las fangosas lagañas. Siguiendo la rutina va al baño, come algo, y sabiendo que tiene tiempo, regresa a la cama, a aprovechar esos cinco minutos más. Recuesta la cabeza sobre la almohada, ahora colocada de modo que su cara queda de frente a la ventana. Desde su posición puede ver el cielo, o mejor dicho, una gran nube que se interpone, y las copas de los árboles.
H. vive en un país que no es aquel donde nació. Esa retina artificial a la que denominamos ventana, ahora le permite ver algo que le hace olvidar donde está, puede ser cualquier lugar, el que añore en el momento, el que responde a la realidad, el que soñó la última noche, aunque ahora sólo sea un recuerdo confuso. Le gusta jugar con la idea de estar donde se le ocurra, no como un juego imaginado pura y exclusivamente dentro de su mente, sino creyendo que ese entorno, ese pedazo de mundo exterior, puede realmente ser lo que él quiera.
Gira la cabeza y sus ojos dan con el espejo que refleja parte de la imagen de lo que viene de fuera, pero el cambio de ángulo le permite divisar los techos de algunas casas, lo que lo trae irremediablemente al único lugar que ocupa físicamente. No es un lugar del que necesite evadirse, es más el gusto por moldear la realidad a su antojo y por unos minutos, que pretender que algo es lo que no es. Como un fotógrafo que desecha un ángulo por considerarlo inadecuado, H. vuelve a enfocar sus retinas en dirección a la ventana. Afuera se escucha el canto de algunos pájaros. El trinar es indistinguible para H., le permite continuar con su representación, excepto cuando se trata de los cuervos. Pero por suerte no se escucha ninguno esta mañana.
Atado a la cama se siente como aquel escritor que comenzó a transcribir todo lo que le dictaba la memoria de su vida, independientemente de si era verdad o fábula, o tan sólo una transformación del dictado de la voluntad de su conciencia y de los caprichos de sus recuerdos. Pero H. sabe que no fue hecho para escribir, en todo caso, se siente más un personaje literario, alguien sobre quién escribir una historia, o varias.
Su día, gris. Sus pensamientos desde hace días, grises. La ropa que se pondrá en unos minutos, también gris, a excepción de los zapatos. Parece que todo cobra ese color. Pero H. se corrige, y suelta: acromático; se dice a sí mismo recordando el eco de alguna vieja clase al respecto, como si se tratara de una respuesta que debe darle a alguien; si consideramos que el gris es tan sólo una seña de debilidad, a veces del blanco, a veces del negro, según cómo se mire. La idea de sus propios pensamientos le recuerda que estos están recubiertos por la materia gris, y ve a la realidad tan sólo como una extensión de ella, como un gran cerebro que invade todo con sus tonos y sus circunloquios, y que a su vez le hacen acordar al diseño kilométrico de los intestinos apilados en el estómago. De nuevo, el mundo ideal estampado contra los objetos, en una suerte de unión asexuada donde los límites entre uno y otro no existen. La única nota que de repente lo distrae y le recuerda que tiene que levantarse y esta vez aprontarse para irse, es el verde de las copas de los árboles con su suave ondular, causado por los anuncios de un tiempo falsamente primaveral. De la película en blanco y negro que H. está proyectando, dichos árboles aparecen como una parte retocada o restaurada. Se pregunta si en algún momento comenzará la música, como en aquella versión de Metrópolis. Pero no, mientras se formula por qué es que fantaseamos con el lenguaje otorgándole colores o ausencia de ellos a nuestros sentimientos, se incorpora, se viste, se prepara el café para tomar por el camino, y recuerda que la escala de colores es percibida de modo diferente por los perros pero sin poder hacer memoria del rol que juega el gris en su percepción. La información no viene al caso y es desde todo punto irrelevante, pero como tantas relaciones establecidas de modos insondables, apresura el paso antes de preguntarse de qué madriguera habrá salido tal asociación de ideas. De lo que sí está seguro es de que su olfato no está tan desarrollado, y así, al salir por la puerta de su casa, se zambulle en otro día que comienza.

7/6/10

Siddharta repuso:

"-He tenido ideas, sí, e incluso razonamientos de vez en cuando. En alguna ocasión he creído sentir en mí como se percibe la vida en el corazón, pero tan sólo por una hora o un día. Eran muchas las ideas, y me sería difícil comunicártelas. Mira, Govinda, ésta es una de las cuestiones que he descubierto: la sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un erudito intenta comunicar, siempre suena a simpleza.
-¿Bromeas? -inquirió Govinda.
-No. Digo lo que he encontrado. El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar. Esto era lo que yo pretendía, y lo que me apartó de los profesores."

Hermann Hesse,
"Siddharta"

Sobre el Estado

"El Estado es un aparato ortopédico que la colectividad se pone a sí misma para poder subsistir."

José Ortega y Gasset,
"La Rebelión de las Masas"

La vida entre páginas

"La vida es esa dimensión infinita que no podemos abarcar, pero lo que denominamos novela es una dimensión comprimida que el autor emplaza en una cantidad determinada de páginas."

Gudbergur Berggson,
"La Magia de la Niñez"
Editorial Tusquets

30/5/10

Días palimpsestuosos

flesh covers
the bone and the
flesh searches
for more than
flesh.

there’s no chance
at all:
we are all trapped
by a singular
fate.

Alone with Everybody
Charles Bukowski

El tiempo cambiante no es razón para permanecer encerrado. Tomo un par de cosas, bajo al garage y desatranco la bicicleta. Nos vamos a algún lado, no sé muy bien a dónde. Entre medio deberé enfrentar a la gran masa que los fines de semana se da también al paseo, voy a subir al tren metropolitano y en algún punto me bajaré y comenzaré a pedalear, a la búsqueda de algún rincón verde donde pueda hojear el libro que también me acompaña.

Me calzo los auriculares, me transformo en una suerte de cámara super-8 que sólo captura imágenes. No me llegan sonidos, lo que me produce una sensación de fragilidad, pero también otra forma de apreciar el entorno, exactamente como si se tratara de una película antigua, con mi piano portátil colgando de mis orejas y acompañando con sonido la secuencia de los fotogramas que ante mí se presentan.

Can’t you see
I’m moving like a train into some foreign land
I ain’t got a ticket for this ride but I will…

Los primeros acordes comienzan a sonar en mi cabeza. Afuera todo es en alemán, los ecos que ahora resuenan en mi interior son en inglés, pero mis memorias vienen en español. Voy tripartito, empujando suavemente la bicicleta. La música me recuerda otros momentos, es como si la escuchara dos veces, en el presente, y cuando lo había hecho por vez primera. Se dispara un concierto de comparaciones. Si una imagen vale más que mil palabras, una experiencia vale más que mil imágenes. El sabor es agridulce, disfruto de la música pero despierta no sólo cierta forma de nostalgia, sino de cosas que salieron mal. Tiempo compartidos que nunca se repetirán, tiempos perdidos que se manifiestan a través del silencio, los lazos sanguíneos partidos quizá para siempre. Sin embargo la música no es la culpable y termina ejerciendo siempre una redención.

Who the winners in the play we’re playing
I don’t even think they know
Who the lovers and how much they’re paying
I don’t even think they know

Una vez instalado en el tren tomo el libro entre mis manos, me interrogo a mí mismo sobre la posibilidad de comenzar a leer durante el viaje. Si me quito los auriculares, voy a escuchar el bullicio de las familias, con los niños gritando de algarabía y con sus padres buscando sin demasiado ánimo de tratar de que sus hijos no den vuelta el vagón. Si no me los quito, la música y las letras impresas se mezclarán en mi mente. Decido comenzar a hojear, y retomar la lectura en el mismo punto cuando considere que sea el momento apropiado.

Do you know how hard I’ll try
to lose this foolish pride
can you take me as I am
can you understand me I’m changing now

Puede que el hombre, como decía el griego, sea la medida de todas las cosas. En todo caso, cuando vertido sobre sí mismo, la memoria se vuelve la medida de todas las cosas del individuo, si es que a éste aún se me permite llamarlo así. Puede ser consciente o inconsciente, no lo sé y no importa, sólo sé que sucede. Y a cada instante. Un sonido, un aroma, la forma de una nube, la tonalidad del cielo, el gesto de una persona. Para alguien que ha cambiado varias veces de hábitat, todo se torna una especie de a la búsqueda del tiempo y del espacio perdido. Todo pasa a incorporar la etiqueta de igual o de diferente, como si lo real fuera lo de antaño.

Into the brave new world
I hope I see you on the other side
Of this changing world

Mientras las páginas que vuelvo a leer; porque Hermann Broch no sólo me encandiló hace unos años, no sólo me embrujó podría también decir, sino que me obliga cada tanto a volver a sus páginas, esas procelosas páginas donde todo es poesía, literatura, filosofía; me transportan a otro estadio. ¿En cuántos lugares estoy al mismo tiempo?

Sólo en semejanzas puede comprenderse la vida, sólo la semejanza puede expresar la semejanza; la cadena de semejanzas es infinita y la única en carecer de ellas es la muerte, hacia la cual tiende esa cadena, como si fuera su último anillo, si bien ya fuera de ella…

“La muerte de Virgilio” bien podría ser el poema filosófico más largo alguna vez concebido. La pregunta acuciante del autor y trasladada a los labios del genio romano es qué legitimidad y validez tiene la poesía en tiempos de la degradación, tal vez absoluta, de valores. Nos lleva a los tiempos de Augusto, al tiempo en que un afiebrado y moribundo Virgilio está a punto de perecer. Pero la obra es concebida cuando el nacionalsocialismo se está haciendo con el poder en Alemania. A Theodor Adorno se la adjudica la frase que parafraseo, según la cual, después de Auschwitz la poesía no es posible. Desconozco cual sería la idea de Broch al respecto, pero creo que en última instancia es la única vía posible, considerando el tiempo pasado y en qué se ha convertido el mundo. En el gran tiovivo del absurdo cotidiano, sólo puede quedar la posibilidad de la palabra. La experiencia del siglo pasado no ha servido de lección alguna en los campos que deberían haberlo sido.

It’s a crazy world
for a mixed up boy and a mixed up girl

Todo se ha vuelto un gran campo de concentración, disfrazado de actividades de tiempo libre, de música ensordecedora, de barras bravas, de risotadas que tienen la sola pretensión de acallar a las voces interiores y del encuentro con uno mismo. La convivencia con el otro se ha vuelto tan sólo un medio para nuestros fines, no existe el diálogo franco y sincero, la amistad es anagrama de utilidad.

Sí, tal era el resultado: el falto de conocimiento trayéndoselo a quienes no lo quieren, el manipulador de palabras como despertador del idioma para los mudos, el olvidado del deber imponiéndolo a quienes no saben de él, el paralítico como maestro de los tambaleantes.

La proliferación de las formas en que recibimos la información hace que sea imposible no escapar a los medios de masas, a que lo popular se infiltre inmesirecordiosamente por nuestro poros. Popular no es negativo, es de pueblo tan sólo, pero aquí hay de todo. Por parecer ilustrado nadie se atreve a distinguir entre alta cultura y cultura popular. Reconocidos artistas se nutren de una curiosa mezcla entre ambas y lo hacen a las mil maravillas; pero los académicos se acercan a los medios y adoptan una actitud desenfadada, como si exprimirse el cerebro a la hora de la creación intelectual fuera un pasatiempos; cualquier idiota aparece en un programa de televisión y haga lo que haga tiene validez porque al menos se anima a ejecutar algo como comerse una hormiga frente a cámaras. Una historia bien contada ya no despierta interés, mejor disfrutar de los padecimientos (mayoritariamente inventados) de personas de carne y hueso sin nada que decir. Impera la idea de que cualquiera puede hacer cualquier cosa, se trata tan sólo de una curiosa cadena de casualidades que pone a la estrella de rock encima del escenario, podría haber sido otro, cantemos todos juntos, fusionémonos para demostrarlo.

I’m almost dead and buried
the day nearly done
but I want to keep on moving…

La voz del songwriter suena entre mis oídos, se fusiona con mis ideas. Sé que estoy desafiando a mi admirado George Steiner. Ya hace como treinta años o más hablaba de la imposibilidad de los jóvenes para leer sin escuchar música. Ya hace similar cantidad de años hablaba de una de los aspectos negativos de la masificación de la literatura a través del libro de bolsillo y en tapa blanda. El libro, en cierto momento, dejó de ser el centro de nuestra atención, un objeto pesado, de gran tamaño y con tapas duras, al que teníamos que dedicarnos en exclusividad, para pasar a ser algo que nos acompaña en el ómnibus o el metro, en la cama durante los minutos previos a caer rendidos al final del día, cuando las letras se mezclan y ya no recordaremos nada al otro día, en la pausa para comer en el trabajo. La desacralización de la lectura, que tiene como contrapartida también el acceso a muchos más ojos, bien es cierto y afortunadamente, incluidos los míos. Me doy cuenta de que la letra y la música no son figuras distinguibles, el cómo canta que cierra el triángulo es esencial, líneas que quizá de otro modo no me dirían mucho, salidas de los labios de Richard Ashcroft cobran vida, multiplican su significado, llenan todo de contenido. Este punto es esencial, si pienso en Leonard Cohen por ejemplo, cuya talla poética es indiscutible, y por ello precisamente sus letras pueden leerse tranquilamente como poemas. Escucharlo sin dudas cambia nuestra percepción, pero quizá del mismo modo que si leemos una obra de Chejov y luego asistimos a una representación de la misma. A Ashcroft hay que escucharlo.

Baby, you’re my sweet saviour
you’re the one adventure
you’re my one and only gift
I’ve got from above
from above

…pero el más perjuro y mortal es aquel cuyo pie ha perdido el hábito de la tierra y ya sólo toca el empedrado, el hombre que ya ni labra el campo ni lo siembra, para quien ya nada se cumple según el círculo de los astros, para quien la selva ya no canta ni los verdes campos; verdaderamente nadie ni nada es tan mortal como la plebe de la gran ciudad, que se afana, se arrastra y hormiguea a través de las calles, y de tanto culebrear ha olvidado cómo se anda, ya sin el apoyo de ninguna ley y sin llevarla en sí, rebaño de nuevo disperso, perdida su sabiduría de un tiempo, rebelde al conocimiento, bestial, casi infrabestialmente entregado a cualquier acaso y finalmente a la extinción del acaso sin recuerdo, sin esperanza, sin inmortalidad…

Retomando la pregunta de Broch, ¿es en el mundo de hoy legítima la creación artística, literaria en particular? Y, ¿cómo reconocerla dentro de todo el hato de información que recibimos? Existen mil formas, mil historias de cómo una obra ha cobrado vigencia a lo largo de la tradición. Hoy escucho y leo al mismo tiempo a dos representantes de lo que se conoce como alta cultura -el propio Steiner se ha referido a la obra de Broch como la probablemente más importante creación literaria del pasado siglo- y como cultura popular -para muchos en el ambiente del rock Richard Ashcroft es como un dios- y ambos me dan algo que no es equidistante, ambos me ayudan a enfrentar mi camino. Frente al golpe de lo inmediato que nos sacude, el humor de Borges se torna serio en definitiva, él que jugaba a decir que no leía libros que tuvieran menos de cincuenta años. Si de cualquier modo nos vamos a morir, ¿hay algo de lo que hagamos que en definitiva no sea matar el tiempo (como reza de forma similar la autobiografía del filósofo Paul Feyerabend)?

… en el alma de cada hombre está hundida una obra que es más grande que él mismo, más grande que su alma, y sólo aquel que se alcanza a sí mismo, alcanza también en esa última disposición a la muerte, también su propia obra, sólo él vela, vigilando sobre el sueño mortal…

El arte genuino rompe los confines, los atraviesa y va por nuevos, hasta entonces desconocidos, ámbitos del alma, de la vista, de la expresión, penetra en lo originario, en lo inmediato, en lo real…

Doy con una estación en la que se me ocurre descender. Quiero pedalear un poco, ejercitar las piernas, dejar a un lado a las familias gritonas, mezclarme con los árboles en algún carril bici no muy transitado dejando a un lado libro y disco, dejar que el movimiento repetido del pedalear que se ejecuta de memoria se convierta en una suerte de canción de cuna que me transporte a mi soledad, que me permita dialogar un poco conmigo mismo.

Come on now train
you’re gonna take me away from my rotten shame
learn how to love
I’ve gotta learn how to live
I’ve gotta learn how to give

Las nubes muestran formas que van de un gris claro en la parte iluminada por el sol, a un gris francamente intimidante del lado que mira a la ciudad, así que tras pocos minutos me decanto por ir en busca de un café que no esté hiperpoblado, que no proyecte alguno de los miles de deportes posibles a través de una pantalla de tv, que cada espacio no sea atacado por alguna tonada del momento, que tenga ventana para que pueda estar refugiado sin olvidar el mundo exterior, que no cierre temprano para que pueda simplemente estar sin pensar en qué momento debo reunir mis cosas y lanzarme a la calle bajo una cada vez más segura tormenta.

Sí, ahora estaba todo sosegado, en un creciente sosiego que casi crecía más allá de sí mismo, promesa de un futuro caminar por bosques en flor a la sombra del laurel, en la tierra prometida de lo no nacido… en lo nonato que anhela el caminante, cuyo inalcanzable secreto persigue en su interior, búsqueda que ya debería abandonar, porque se le daría en un sosegado fluir, de modo que se liberaría del tormento de la búsqueda, libre del ser, libre del nombre, libre de los sufrimientos, libre de la sangre, libre del aliento ¡él, un caminante en lo olvidado y en la pureza del olvido!

Soy hijo del siglo XX, no hay remedio. Hace muchos años (muchos años dentro de lo que es mi vida) viajé por vez primera a Europa. Provengo de un país prácticamente despoblado, y ese primer viaje me mostró de modo irreversible que no soy más que una ficha más entre otras incontables, innumerables pero puestas de manifiesto de una vez, puestas allí delante mío como en un experimento. En cada ciudad millones de personas, las que viven en cada una de ellas más las que las visitan. La posible relevancia individual se volvió algo sencillamente risible, los sueños y anhelos definitivamente relativos.

Extraño seguía siendo el lenguaje que allí se hablaba, el idioma de un pueblo extranjero en el que se es huésped, un idioma que apenas se comprende aún, mientras que el propio ya ha sido olvidado o no ha sido aprendido todavía…

Me toca vivir en el siglo XXI pero arrastro todavía conmigo el anterior. No puedo hilvanar las tragedias anteriores con las presentes, mezcladas con los discursos presuntamente positivos sobre el ser humano. Recuerdo textual un pasaje de Milan Kundera en su novela La Broma: “… la mayoría de la gente se engaña mediante una doble creencia errónea: cree en el eterno recuerdo (de la gente, de las cosas, de los actos, de las naciones) y en la posibilidad de reparación (de los actos, de los errores, de los pecados, de las injusticias). Ambas creencias son falsas. La realidad es precisamente al contrario: todo será olvidado y nada será reparado. El papel de la reparación (de la venganza y del perdón) lo lleva a cabo el olvido. Nadie reparará las injusticias que se cometieron, pero todas las injusticias serán olvidadas.”

¡oh, la angustia del universo ante la asfixia! Oh, ¿no había existido siempre?, ¿había estado él alguna vez verdaderamente libre de ella? ¿No había sido siempre un mero vano defenderse contra el asalto del horror?

Gusta de decirse también que los uruguayos descendemos de los barcos. Es en gran parte verdad. Nacer en algún lugar es mera casualidad, por eso no entiendo los puntos de vista nacionalistas. Por el siglo XIX Schopenhauer criticaba el patriotismo por considerarlo algo así como una estupidez, pues ¿cómo podía ser un sentimiento algo serio y profundo cuando se comparte con millones de personas? Hoy vivo en Europa, en el por ahora llamado, más que probablemente de un modo prematuro, siglo de las migraciones.

I lit my fire blew my conch
nobody comes
I built my boat from bamboo
but it sank
I looked at the sky for vapour trails
nobody comes
I wrote your name on a tree
along with the days this is taking you away from me

Recuerdo las primeras líneas de la épica homérica que comienzan con el famoso: “Canta, oh, diosa, la cólera del pelida Aquiles…“ y pienso si incluso desde antes no ha sido en realidad siempre así, un viaje, una migración continua, en cierto modo ¿dónde reside en definitiva la diferencia entre ir a Delhi o casarse con la doncella del pueblo vecino? Ya la comunicación es entrar en territorio extranjero. Más radicalmente, pensar lo es, si lo vemos como un acto de desdoblamiento de uno mismo, como una traducción de lo que Gadamer llama el verbo interior, esa instancia en la que sabemos que cuando ponemos algo en palabras, muy en el fondo, somos conscientes de una frase que nos persigue con cada letra a la que damos forma: en realidad no era eso lo que quería decir.

… oh música del interior y del exterior! Hundida en nosotros, nos ha quedado como un saber de antaño, hundida en nosotros nos ha elevado a su mayor ser, y nosotros, hundidos en ella, más grande que nosotros mismos, la hallamos más allá del azar; ¡oh música del interior y del exterior!, sólo lo que está oculto en nuestro yo es más grande que nosotros, es inmortal para nosotros y libre del azar, en armonía con la voz de las esferas, pero lo que no llevamos en nosotros, es para nosotros azar y azar permanece, es mortal para nosotros, ya nunca será más grande que nosotros, ya nunca nos encerrará…


Nos dejamos vencer por nuestra imposibilidad de poner en palabras algo que está en nosotros antes de las palabras. Nos acostumbramos, como nos acostumbramos a todo, y en la medida que dejamos que el olvido nos domine, nos convertimos en presas más fáciles para quienes nos quieren hacer creer que las cosas son de determinado modo. El miedo al otro comienza por el miedo a uno mismo.

… el hombre, esta obra maravillosa y horrible, compuesta de ser anatómico, de lenguaje, de expresión, de conocimiento y no-conocimiento, de sordo vegetar, de contabilidad de sestercios, de deseos, de enigmas, este ser total dividido en órganos, en zonas vitales, en sustancias, en átomos, multiplicado y vuelto a multiplicar, toda esa multiplicidad del ser, todo este caos de partes del hombre, apenas compuesto correctamente, esta espesura de una creación a medias y sin acabar, nacida del celo del acaso y abriendo su abanico una y otra vez apareados en siempre renovado celo del ocaso, promiscuo, jodido, entretejido, ramificado, ramificándose y renovándose una y otra vez, para a la vez extinguirse incesantemente… caos humano del azar, tan casual que apenas sabemos si quien casualmente emerge ante nosotros como viviente, no habría muerto ya en otro tiempo, o ni ha nacido tal vez, en condición de pre-muerto, de nonato…

Everybody‘s gotta feel the weight of death sometime
and find what it is like to be left behind
sometimes yo don‘t get a chance to ask where or why
so let it break the magic beauty of your fragile mind

Ya no sé que hora es, la luz del sol ha desaparecido y se ha transformado en la luz que ilumina cada mesa del café, afuera el cielo es una masa oscura donde no se distinguen nubes ni peligro alguno, más allá del de la propia oscuridad. Pienso que es hora de retornar a casa, de hacer el camino inverso, de repetir lo hecho, volver a colocarme los auriculares en las orejas mientras las disquisiciones de Virgilio se me presentan como dichas por alguien en el periódico del lunes.

Y es que el amar comienza en la respiración y con la respiración crece hasta lo inmortal.

***************
Con textos de:
Alone with Everybody, Richard Ashcroft.
La muerte de Virgilio, Hermann Broch.

De la cosa a la angustia

Lanzado ciegamente a la conquista del mundo externo, preocupado por el solo manejo de las cosas, el hombre terminó por cosificarse él mismo, cayendo al mundo bruto en que rige el ciego determinismo. Empujado por los objetos, títere de la misma circunstancia que había contribuido a crear, el hombre dejó de ser libre, y se volvió tan anónimo e impersonal como sus instrumentos. Ya no vive en el tiempo original del ser sino en el tiempo de sus propios relojes. Es la caída del ser en el mundo, es la exteriorización y la banalización de su existencia. Ha ganado el mundo pero se ha perdido a sí mismo.
Hasta que la angustia lo despierta a un universo de pesadilla. Tambaleante y ansioso busca nuevamente el camino de sí mismo, en medio de las tinieblas. Algo le susurra que a pesar de todo es libre o puede serlo, que de cualquier modo él no es equiparable a un engranaje. Y hasta el hecho de descubrirse mortal, la angustiosa convicción de comprender su finitud también de algún modo es reconfortante, porque al fin de cuentas le prueba que es algo distinto a aquel engranaje indiferente y neutro: le demuestra que es un ser humano. Nada más pero nada menos que un hombre.

Ernesto Sabato
"El escritor y sus fantasmas"

Pues nada sabían...

Pues nada sabían de aquella fuerza motriz de la historia, mucho más profunda y auténtica: el impulso humano a fundirse en una especie animal superior, la masa, y a perderse tan irremisiblemente en ella como si nunca hubiera existido un hombre aislado. Porque además eran educados, y la educación es un arma defensiva del individuo contra la masa que lleva dentro.

Elías Canetti
"Auto de Fe"