Las horas muertas se elevan desde su lugar en el cementerio, muertas vivas danzantes que no despiden olores a náusea, que algún día me van a encontrar y se van a meter entre los meandros de mi cerebro, que van a comer mis pensamientos y mis oscuros deseos, futuros abortos de palabra y de lenguaje que nunca llegarán a poblar el mundo de los vivos, esos futuros seres inertes que se dejan penetrar por la imagen y que disfrutan con sadismo y con masoquismo a través de todos los sentidos, esposados al gran Dios que dicta lo que es mejor escuchar, lo más bello admirar, lo más puro oler, y lo más digno de ser tocado.
Algo deben intuir, sufriendo de alguna especie de presagio que las revoluciona, como si se tratara de la misma fundación de la ciudad de los gemelos amamantados por la loba, algo deben sospechar porque se revolucionan como un motor futurista que en pocos segundos llega a superar los trescientos kilómetros por hora, pero ausente de lubricantes se recalientan y dan lugar a un chirrido inhumano, si algo así existe, una vez trastocado por el filtro de la percepción.
Por algún sendero nocturno me veo, veo mis hombros colgando de mi espalda, y sobre ellos, desesperadas, las palabras emprenden la huida, como ratas en un barco que se hunde, delinean recorridos hormigueantes, de lejos dando la impresión de una formación militar a la desbandada bajo el lema de sálvese quien pueda. El calor parece discutir con algo semejante al frío exterior de la noche, amparada en los contrastes que las sombras y las luces no identificables ofrecen sin ton ni son. El trabajo enquistado de las palabras que produce el atropello primero se manifiesta en un vapor que se eleva y despega a través de una cabellera que parece haber sido víctima de dedos expuestos a una gran corriente eléctrica, un humo que haría pensar en alguien que regresa de hacer deporte, jogging, o algo por el estilo, una de esas cosas que recomiendan los médicos para mantener el corazón en forma. De a poco, la temperatura hace que el vapor se transforme en un humo gris que se mezcla en sus incipientes volutas con los rulos desmadejados para luego tímidamente dar paso a los primeros escarceos rojos y amarillos, todavía no azules, de unas llamas. En esa imagen que tienen como telón de fondo el lado interior de mis párpados, asusta la tranquilidad, el aplomo, esos hombros que ni siquiera dejan lugar a pensar en la resignación, mucho menos en un ataque desesperado, en un intento de apagar los lengüetazos ígneos que comienzan a devorar la cabeza. Los colores cálidos comienzan a dar un aire brutal y colorido a un entorno blanquinegro solamente adornado por matices argento.




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